Cuando le digo a alguien que soy ingeniera en alimentos, casi siempre viene una reacción parecida a estas: “A ver, entonces tú que sabes, ¿qué es lo que no comes?”, “¿qué alimento es el peor?”, “dime qué ya no debería comprar porque sabes cómo se hace”. Entiendo la duda y también ese “miedo”, pero me parece importante que, dentro del mundo de los alimentos, y con ayuda de información real y verídica, hablemos más sobre el porqué de las cosas y no solamente sobre ‘sataniza’ o etiquetar alimentos como buenos o malos.

Hoy vivimos rodeados de información sobre alimentos: Etiquetas, sellos, ingredientes, dietas, tendencias, videos en redes sociales y opiniones de todo tipo. Con tanto ruido, es normal que muchas personas se pregunten si lo que comen es bueno, malo, natural, artificial, saludable o peligroso. Es muy común escuchar frases en el día a día como: “Yo no como nada procesado”, “quiero evitar alimentos procesados” o “si viene en un empaque, no es bueno para mí”.

Pero aquí empieza el mito: No todo lo procesado es malo.

Una de las primeras cosas que aprendí es que procesar no significa necesariamente que un alimento sea ‘falso’, ‘artificial’ o ‘complicado’. Procesar puede ser desde lavar, cortar, moler, calentar y enfriar, hasta fermentar, congelar, pasteurizar, empacar o conservar. Es decir, muchas de las acciones que hacemos en casa o en la industria para que un alimento sea más seguro, más práctico o dure más tiempo.

Por ejemplo, el yogurt existe gracias a una fermentación. El queso, el pan, las tortillas, las salsas, el café y hasta los alimentos congelados pasan por algún tipo de proceso. Si elimináramos todo lo procesado, tendríamos que dejar fuera muchísimos alimentos que forman parte de nuestra vida diaria e incluso de nuestra cultura.

Otro ejemplo muy claro es la leche. La leche cruda puede contener bacterias y microorganismos capaces de causar enfermedades, como Salmonella, Brucella, E. coli, Listeria o Campylobacter. Y algo importante: No podemos saber si una leche es segura solo por verla, olerla o probarla. Por eso, en lo personal, la leche cruda es algo que yo no consumiría. No porque le tenga miedo a la leche, sino porque conozco los riesgos que puede implicar cuando no ha pasado por un tratamiento que reduzca esos peligros.

En los últimos años se ha puesto de moda hablar de la leche cruda, es decir, leche que no ha pasado por pasteurización, que es un proceso que ayuda a eliminar o disminuir bacterias y microorganismos. Muchas veces se promociona con la idea de que es “más natural”, que tiene más beneficios o que se digiere mejor. Sin embargo, este es un caso donde el proceso no está de más: Está para protegernos y para poder tomarla con mayor seguridad.

Para mí, este es un buen ejemplo de cómo un proceso puede hacer que un alimento sea más seguro sin quitarle su valor.

Entonces, ¿dónde está el problema? El punto no es satanizar todo lo procesado, sino aprender a distinguir y usar el sentido común sobre qué puede afectar o no nuestra salud, entendiendo que muchas veces esto también es individual. Hay alimentos procesados que pueden formar parte de una alimentación equilibrada, y hay otros productos que, por su exceso de azúcar, sodio, grasas o bajo aporte nutricional, conviene consumir con menor frecuencia, pero eso no significa que debamos clasificarlos automáticamente como “malos”.

Por eso, más que tenerle miedo a la palabra “procesado”, vale la pena hacernos mejores preguntas: ¿Qué ingredientes tiene?, ¿cuánta azúcar o sodio aporta?, ¿qué tan seguido lo consumo?, ¿qué lugar ocupa en mi alimentación?, ¿en realidad me gusta o solo lo consumo por costumbre?

La comida no debería formar parte de conversaciones que nacen desde el miedo, sino desde la información. No todo lo natural es automáticamente bueno, ni todo lo procesado es automáticamente malo. En lo personal, no me gusta clasificar ni poner etiquetas. Todo, mientras no se trate de una alergia o una enfermedad que requiera evitar el consumo de un alimento en específico, se puede balancear y medir para consumirlo de manera consciente.

Al final, comer bien no se trata de vivir evitando todo lo que venga en un empaque. Comer bien es satisfacer nuestras necesidades físicas, mentales y emocionales de manera balanceada, buscando siempre nuestra salud y bienestar integral.