Hay ciudades donde el desierto no es ausencia, sino resonancia y, en todas, es resistencia. Hermosillo lo sabe bien cada otoño, cuando Escritores de Sonora, A. C., con más de 40 actividades en el Departamento de Letras y Lingüística de la Universidad de Sonora, se convierte en el epicentro del Festival Nacional de la Palabra.

Un encuentro de esta naturaleza, que este año honra trayectorias como las de Eduardo Antonio Parra y Roberto Corella, no es un ejercicio de nostalgia académica, es una urgencia comunitaria. En un país habitado por la violencia y el ruido digital, replicar la fogata comunitaria de la recién y desafortunadamente interrumpida Feria Internacional del Libro de Oaxaca (FILO), el Festival Interfaz del Issste o el entrañable Encuentro Nacional de Escritores de la Frontera Norte, del norte profundo de los años ochenta, es abrir un corredor de oxígeno y sangre. Los encuentros descentralizan el canon. Demuestran que la literatura mexicana no cabe en un despacho de la Roma-Condesa, sino que palpita con acento propio en las aulas del noroeste, del desierto, del mar peninsular, del trópico y los altos de Jalisco.

Lo valioso de nuestro encuentro de quienes escriben con quienes leen radica en la horizontalidad. Aquí las plumas consagradas conviven con las emergentes en la misma fila del auditorio, compartiendo el vértigo de la página en blanco ante ojos lectores de carne y hueso, no consumidores pasivos, sino intersubjetividades, interlocuciones, acompañantes del camino.

Este diálogo es hoy más frágil y necesario que nunca. El reciente temblor en el ecosistema librero —marcado por la crisis, reconfiguración y cierre de sellos independientes e históricos como Ediciones Era, cuyo catálogo busca rescatar a marchas forzadas el Fondo de Cultura Económica— ha dejado cráteres en la circulación cultural. Cuando un sello de tal recorrido tambalea, se apagan voces, se restringen geografías de la memoria y se adelgaza el mapa crítico del país. Ni qué decir del litericidio perpetrado por el Proyecto Panama de Anthropic, la empresa creadora de Claude, una inteligencia artificial que está dando vida a la terrible distopía de Ray Bradbury en Fahrenheit 451.

Frente a la concentración corporativa, la falta de apoyo estatal y el vacío de los canales de distribución, la labor editorial local —fanzines, plaquettes, imprentas artesanales, universidades estatales, editoriales independientes— actúa como tejido cicatricial. Los encuentros de escritoras y escritores son, en este sentido, ferias de resistencia. En el XXII Festival Nacional de la Palabra, entre conversatorios, conferencias y presentaciones de libros, no solo se leen textos: se defienden miles de mundos posibles frente al algoritmo.

Ir al festival de Hermosillo es confirmar que la literatura sobrevive no por la salud de la industria global, sino por la obstinación y el coraje de quienes seguimos creyendo que nombrar al mundo es el primer paso para habitarlo sin miedo.

Columna de opinión, responsabilidad de quien escribe.