Durante la primaria, en educación pública, cada vez que había una excursión o una actividad especial, era común recibir un refrigerio: Una leche saborizada, unas galletas y, en ocasiones, algún otro alimento empacado. En ese entonces los veía como cualquier niño los vería: Un desayuno práctico para aguantar la jornada.

Muchos años después, en la universidad, durante una clase de Nutrición Comunitaria de la maestra Trinidad Quizán, comprendí que aquellos refrigerios no eran una elección al azar. Formaban parte de una estrategia mucho más grande: Los programas de fortificación de alimentos impulsados como política de salud pública para combatir la desnutrición y las deficiencias de micronutrientes en la población mexicana.

A veces olvidamos que la ciencia de los alimentos también salva vidas de forma silenciosa. No siempre lo hace desarrollando un medicamento o descubriendo una nueva tecnología; en ocasiones basta con añadir el nutriente correcto al alimento adecuado.

Un ejemplo cotidiano es la sal yodada. Hoy es tan común encontrarla en cualquier supermercado que pocas personas se preguntan por qué prácticamente toda la sal para consumo humano contiene yodo. La respuesta está en la historia de la salud pública. Durante décadas, la deficiencia de yodo ocasionó problemas importantes como bocio y alteraciones en el desarrollo físico e intelectual en distintas regiones del país. La fortificación de la sal permitió reducir drásticamente estos padecimientos mediante una medida sencilla, económica y accesible para toda la población.

Algo similar ocurrió con las harinas de trigo y de maíz, enriquecidas con hierro, ácido fólico, zinc y vitaminas del complejo B. Estos nutrientes ayudan a disminuir deficiencias nutricionales y, en el caso del ácido fólico, contribuyen a prevenir defectos del tubo neural durante el embarazo.

También está el caso de la leche distribuida por Liconsa, diseñada para aportar hierro, zinc, ácido fólico y diversas vitaminas a niñas, niños, mujeres embarazadas, personas adultas mayores y otros grupos vulnerables. Más que un vaso de leche, representa una intervención nutricional respaldada por evidencia científica.

Y vuelvo a recordar aquellos desayunos escolares. Las galletas y la leche fortificada que recibíamos no estaban ahí únicamente para quitar el hambre. Fueron formuladas para aportar una parte importante de las necesidades diarias de vitaminas y minerales, buscando que miles de niños recibieran nutrientes esenciales aun cuando su alimentación en casa pudiera ser insuficiente.

No toda fortificación responde a una estrategia comercial; muchas veces responde a una necesidad de salud pública. Un alimento fortificado dentro de un programa social persigue un objetivo muy distinto al de un producto que simplemente utiliza vitaminas añadidas como argumento de venta.

La fortificación, por supuesto, no sustituye una dieta equilibrada. Las vitaminas y minerales idealmente deben provenir de una alimentación variada y suficiente. Pero cuando existen deficiencias poblacionales o barreras de acceso a alimentos nutritivos, fortificar alimentos de consumo habitual se convierte en una de las intervenciones más costo-efectivas para mejorar la salud de millones de personas.

Quizá por eso estas estrategias pasan desapercibidas. Cuando funcionan, dejan de ser noticia. Nos acostumbramos a comprar sal yodada sin preguntarnos por qué, a consumir harinas enriquecidas sin leer su etiqueta y a recordar con nostalgia aquella leche y aquellas galletas de la escuela sin imaginar que detrás de ellas había décadas de investigación, políticas públicas y profesionales comprometidos con mejorar la nutrición del país.

A veces pensamos que la innovación alimentaria consiste únicamente en crear nuevos productos. Pero también es innovación diseñar soluciones que permitan que un niño, sin importar dónde nazca o cuánto gane su familia, tenga una mejor oportunidad de crecer sano. Esa es una de las historias menos contadas de la industria alimentaria mexicana, y quizá una de las que más vale la pena recordar.