Históricamente, la difusión y la gestión cultural en las Instituciones de Educación Superior (IES) en México han operado bajo el modelo de “extensión universitaria”, una visión unidireccional donde la academia, legitimada como poseedora del “saber legítimo”, pretende “llevar” la cultura a una sociedad considerada pasiva, carente o vacía de cultura. Tal es el caso de las Misiones Culturales, creadas en 1923 por José Vasconcelos como una cruzada contra la ignorancia, que continuó el desplazamiento cultural y lingüístico iniciado en la colonia, aplicando un modelo de alfabetización obligatoria en lengua castellana concebido como un progreso frente a los saberes originarios. Este enfoque cartesiano, de raíces coloniales y elitistas, privilegia las llamadas “bellas artes” occidentales y la exclusiva difusión del conocimiento científico occidental visto como “verdad absoluta”, relegando los saberes, experiencias y creencias populares, indígenas y comunitarios a la categoría de “folclore” o curiosidad antropológica. En la práctica, esto ha creado una brecha entre lo que muchas personas ven como la torre de marfil académica y la realidad pluricultural del país.

Frente a estas inercias cegadas a la debacle socioecológica por intrincados sistemas de recompensas, se hace necesario transitar de la difusión a la mediación cultural, mediante prácticas de gestión intercultural y decolonial. No se trata solo de añadir “color y diversidad” a la agenda, sino de cuestionar las jerarquías del conocimiento, de los saberes, de las prácticas y de las cosmovisiones. Una propuesta incluyente debe reconocer la comunalidad y la horizontalidad, donde la academia no “extiende” y “difunde”, sino dialoga, colabora, co-construye. Esto implica desmantelar el canon eurocéntrico y permitir que las comunidades participen activamente en la definición de las agendas culturales, transformando a la institución en un nodo de mediación y no en un juez de lo verdadero y lo bello.

Buenas prácticas desde lo local y allende las fronteras

Existen iniciativas actuales que intentan romper la hegemonía institucional mediante procesos participativos. Si han alcanzado sus objetivos, es una pregunta que se responderá en el tiempo. Mientras tanto, tres ejemplos:

  1. Región Noroeste de México. La Universidad Autónoma Indígena de México (UAIM), desde Sinaloa, propone un modelo de “Comunidades de Aprendizaje” que integra los saberes de los pueblos yoreme-mayo. En lugar de imponer un currículo centralista, la universidad busca convertirse en un espacio de revitalización lingüística y resguardo de la memoria colectiva, donde los ancianos y portadores de tradición sean reconocidos como docentes legítimos.

  2. Región Sureste de México. El Centro de Artes de San Agustín (CaSa), Oaxaca, fundado bajo la visión del artista Francisco Toledo, es un espacio que colabora estrechamente con instituciones académicas para fomentar una producción artística sostenible y con enfoque decolonial. Su vocación por el diseño textil y gráfico con tintes naturales y su esfuerzo por fortalecer las lenguas originarias demuestran cómo la técnica académica y la estructura institucional pueden ponerse al servicio de la identidad comunitaria al margen del extractivismo cultural y epistemológico.

  3. En el corazón de Latinoamérica. La Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe Nicaragüense (URACCAN), es un referente regional en las iniciativas de “desarrollo con identidad” o “buen vivir” y las prácticas interculturales. Su gestión cultural no se limita a la producción de eventos, sino al acompañamiento en la defensa del territorio y la autodeterminación, integrando la espiritualidad y las formas de organización propias de los pueblos afrodescendientes, mestizos e indígenas en el núcleo de su quehacer académico.

Sonora querida y violenta: cohesión social y convivencia pacífica

Para el estado de Sonora, una estrategia de mediación cultural efectiva puede echar raíz en la articulación de instituciones como El Colegio de Sonora (Colson), la Universidad de Sonora (Unison), el Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo, A. C. (CIAD) y el Centro INAH Sonora, las cuales, con investigaciones desde las ciencias sociales, las humanidades y el desarrollo regional, han hecho visible que la cultura es un pilar de cohesión social, un territorio fértil para el intercambio de saberes y un marco seguro para la convivencia pacífica y la producción del espacio social.

Sonora puede ser un laboratorio de gestión y mediación cultural comunitaria en zonas de alta vulnerabilidad o inseguridad, al articular las experiencias de comunidades que transforman la realidad en su día a día y los métodos de la academia, para construir conocimiento colaborativo desde la lucha donde la historia sea narrada por múltiples voces. En un estado marcado por tensiones migratorias, desigualdades profundas y el fuego cruzado del mercado y el crimen, la mediación cultural de la academia debe enfocarse en el diálogo intercultural, en la convivencia pacífica y el reconocimiento de los grupos menos favorecidos.

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