El 15 de octubre es el Día Internacional de la concientización sobre la muerte gestacional, neonatal e infantil. Octubre es un mes que nos invita a mirar una realidad de la que pocas veces hablamos con apertura y sensibilidad, nos abre un espacio para visibilizar las experiencias de miles de familias que han enfrentado el fallecimiento de un hijo o una hija durante el embarazo, al momento de nacer o al poco tiempo de vida.

Hablar de muerte gestacional, neonatal e infantil es hablar de duelo, de ausencia, de amor y de recuerdos. Además, es hablar de silencio, dolor e incomprensión por gran parte de la sociedad y, todavía, de los sistemas de salud.

Como sociedad, muchas veces no se sabe qué decir ni cómo acompañar, existe un temor a incomodar, cuesta trabajo hablar de la muerte y se suelen mencionar frases que resultan sumamente dolorosas para los dolientes, como: “ya tendrás otro bebé” o “están muy jóvenes”, estas frases, aunque se pronuncian con buena intención, llegan a intensificar la sensación de soledad e incomprensión de los padres.

En los sistemas de salud, aun cuando ya se ha avanzado en el tema, todavía persiste la incomprensión y los protocolos de atención, que lejos de ayudar a las familias, les llegan a generar mayor dolor. Por dar un ejemplo, en la mayoría de los hospitales públicos, las mujeres, tras el fallecimiento de su bebé, son hospitalizadas en salas comunes donde cohabitan con otras madres que tienen a sus hijos, escuchan los llantos de los bebés y la interacción que tiene con sus familias. Este gran error de las instituciones nos lleva a cuestionarnos por qué no se habilitan espacios exclusivos para estas familias y por qué sigue siendo una situación invisible para las instituciones de salud.

Para las familias, la pérdida de un embarazo o de un bebé pequeño no es únicamente una complicación biomédica, es el fallecimiento de un hijo o una hija. El tiempo que permanecen no tiene una relación con el sentimiento de amor hacia ellos, es decir, no debemos medir el dolor con las semanas de gestación o los días de vida.

Existen maneras de acompañar sin juzgar, sin pedir o esperar que superen el duelo rápido y den vuelta a la hoja, de reconocer la existencia de ese hijo o hija, de respetar su memoria y hacerlos presentes.

Mencionar estas muertes no significa permanecer anclados en la tristeza. Significa reconocer una experiencia humana que merece comprensión, respeto y acompañamiento. Significa también cuestionar los prejuicios que obligan a las familias a guardar silencio.

Desde la sociedad civil, las instituciones y los espacios académicos tenemos una responsabilidad compartida: contribuir a que estas experiencias dejen de vivirse desde el aislamiento. Recordar también es una forma de reconocer; nombrar es una forma de dar lugar; acompañar es una manera de decirles a estas familias que no están solas.

Octubre termina, pero no termina la historia de quienes aprendieron a vivir con una ausencia. Las mariposas, las velas, los nombres y los recuerdos que acompañan estas conmemoraciones nos recuerdan que cada hijo e hija tiene un lugar en la historia de su familia, independientemente del tiempo que haya permanecido en este mundo.

Porque hay vidas que, aunque breves, dejan una huella para siempre. Y hay dolores que, cuando encuentran comprensión, ya no tienen que transitarse en soledad.