Los millennials y centennials no solo son consumidores: Son el motor económico y cultural de la sociedad actual. Juntos representan casi la mitad de la población mundial (48.8 por ciento) y en México concentran el 49.8 por ciento. Este peso demográfico explica por qué sus hábitos no son una moda pasajera, sino la fuerza que redefine la oferta alimentaria.
La pregunta es inevitable: ¿Por qué este grupo define lo que comemos? La respuesta está en su posición estratégica. Son quienes hoy concentran el poder adquisitivo emergente, quienes llenan las universidades y los centros de trabajo, quienes marcan tendencias en redes sociales y quienes, además, heredarán la responsabilidad de sostener los sistemas productivos en las próximas décadas. Lo que ellos consumen se convierte en referencia para toda la industria, porque representan tanto presente como futuro.
Pero hay algo más profundo: No comemos solo por fisiología. Antropológicamente, el acto de compartir alimentos ha sido siempre un ritual de cohesión social. Comer juntos es construir comunidad, reforzar identidad, transmitir valores. Los millennials y centennials han llevado esta tradición a un nuevo nivel; cada comida es una experiencia, un momento que se documenta, se comparte y se convierte en narrativa personal.
Aquí entra un fenómeno clave: La comida, el branding y los espacios gastronómicos se han vuelto ‘instagrameables’. Estas generaciones son hiperactivas en redes sociales, y una sola fotografía puede dar visibilidad masiva a un producto, una marca o un establecimiento. El diseño ya no se limita a la funcionalidad del alimento; ahora importan la estética del empaque, la iluminación del local, la presentación del plato. Todo debe ser digno de ser compartido, porque la experiencia no termina en el paladar, sino en la pantalla.
No es casualidad que una marca de refrescos muy conocida, con logo color rojo y letras blancas, haya construido durante décadas su marketing en torno a la experiencia de consumo, la unión y la familia. En México, sus campañas han sido parte de la cultura popular, reforzando la idea de que beber su producto es más que saciar la sed: Es pertenecer, celebrar, compartir. ¿Será que ellos ya veían el futuro? Quizá entendieron antes que nadie que el alimento y la bebida no se venden solo por su sabor, sino por la historia que cuentan y la emoción que generan.
Los productos desplazados — ultraprocesados sin sentido ni motivo. En su lugar, emergen ofertas que apelan a la curiosidad, a la exploración y al bienestar integral: Fermentados, proteínas alternativas, menús temáticos, experiencias gastronómicas que son tanto sociales como sensoriales.
En definitiva, los millennials y centennials definen lo que comemos porque son mayoría, porque tienen voz amplificada en lo digital y porque entienden la comida como algo más que nutrición, como un acto cultural, económico y emocional. La industria alimentaria lo sabe y se adapta, porque ya no basta con llenar estómagos: Ahora se trata de llenar expectativas, construir relatos y ofrecer experiencias que den sentido a cada bocado… y que merezcan ser compartidos.