Hay una nueva profesión que parece tener una característica extraordinaria: no exige título, experiencia, conocimiento especializado ni siquiera tener algo particularmente interesante que decir. Basta con abrir una cuenta, colocar una cámara frente a la cara, publicar con cierta frecuencia y esperar que el algoritmo haga el resto.

La profesión se llama influencer.

Y antes de que alguien se moleste, aclaremos algo: no estoy en contra de los influencers, de los creadores de contenido ni de que los jóvenes busquen nuevas formas de ganarse la vida. Sería absurdo. El mundo cambió, las tecnologías cambiaron y también cambiaron las maneras de trabajar, comunicarse, vender y construir una profesión.

Lo que me preocupa es otra cosa.

Que hayamos empezado a confundir crear contenido con tener contenido que aportar.

Porque una cosa es producir videos y otra muy distinta es influir.

México ya tiene una sociedad profundamente conectada. Los resultados más recientes de la ENDUTIH del INEGI indican que en 2025 utilizaron internet 104.9 millones de personas de seis años o más, equivalentes al 86.1 por ciento de la población de ese grupo de edad. Además, 78.3 por ciento de los hogares mexicanos tenía conexión a internet.

Es decir: el escenario para convertirse en creador está servido.

DataReportal estimó 93 millones de identidades de usuarios activos de redes sociales en México en enero de 2025. Instagram, por ejemplo, tenía un alcance publicitario de 48.8 millones de usuarios en el país.

Nunca habíamos tenido una audiencia potencial semejante.

Y quizá por eso nunca habíamos tenido tanta gente convencida de que tener un teléfono con cámara equivale a tener algo importante que comunicar.

La fantasía de que todos podemos ser famosos

Hay una idea especialmente seductora en las redes sociales: cualquiera puede convertirse en alguien. No importa demasiado de dónde vienes, qué estudiaste, qué sabes hacer o cuánto dinero tienes. Un video puede hacerse viral esta noche y mañana tu nombre puede estar en miles de teléfonos.

La posibilidad existe.

El problema es que hemos convertido la posibilidad en una expectativa. Y entonces aparece una generación, aunque no exclusivamente joven, que parece haber recibido un mensaje equivocado: si logro que suficientes personas me miren, habré triunfado.

Ya no se trata necesariamente de construir una profesión, desarrollar una habilidad, dominar un oficio o convertirse en especialista.

Se trata de ser visto.

Una fotografía de la comida.

Un blooper en la calle.

Una reacción a lo que dijo otra persona.

Un video bailando.

Una opinión sobre política, economía, educación, medicina, relaciones internacionales o cualquier otro asunto del que, en ocasiones, no se sabe absolutamente nada.

Y aparece la frase: “Yo opino que…”

Perfecto.

Opinar es un derecho. Pero tener una opinión no convierte a nadie en autoridad. Ese pequeño detalle parece habérsenos olvidado.

El negocio es real; la fantasía también

Sería injusto burlarnos de la llamada creator economy. No estamos frente a una moda sin consecuencias económicas.

El influencer marketing se ha convertido en una industria.

IAB México señala que el influencer marketing está pasando de ser una herramienta complementaria a ocupar un lugar estratégico dentro de las campañas de las marcas. En el análisis de campañas premiadas en Cannes Lions 2025, 38 por ciento de las campañas ganadoras en social tuvieron a los creadores de contenido en el centro de la idea. Además, la participación de celebridades cayó frente a la de micro y mid-influencers, precisamente porque las marcas buscan comunidades y vínculos más cercanos.

En México, El Financiero reportó en 2025 que el país es el segundo mercado más importante de influencer marketing en América Latina y que se proyectaba que el valor de esa industria alcanzaría 328 millones de dólares en 2027.

Es dinero real.

Hay empresas reales.

Hay profesionales reales.

Hay campañas reales.

Y hay creadores que han construido auténticas carreras alrededor de su capacidad para comunicar, entretener, educar o formar comunidades. Ahí está precisamente la diferencia.

El creador profesional entiende que detrás de una publicación existe una audiencia. Y detrás de una audiencia existe una responsabilidad. El problema aparece cuando la única meta es acumular seguidores para conseguir dinero. Entonces el contenido deja de ser el medio y se convierte en mercancía.

Y la persona termina convirtiéndose en su propio producto.

Influenciar no es conseguir likes

Aquí está, quizá, el punto central de esta discusión.

Influir no significa lograr que alguien vea tu video.

Influir significa conseguir que alguien modifique, aunque sea ligeramente, su manera de pensar, de actuar, de consumir, de entender una realidad o de tomar una decisión.

Eso exige algo más que exposición. Exige credibilidad. Y la credibilidad no se compra con seguidores. Tampoco se obtiene porque un video tenga tres millones de reproducciones.

Una persona puede tener cinco millones de seguidores y no tener la menor autoridad para hablar de un determinado asunto.

Otra puede tener diez mil seguidores y ser extraordinariamente influyente dentro de una comunidad porque conoce profundamente aquello de lo que habla.

La diferencia está en algo que el algoritmo no puede fabricar: el conocimiento.

Por eso me preocupa la transformación de la palabra “influencer”.

Hubo un tiempo en que llamar a alguien influyente significaba reconocer que esa persona había construido una trayectoria, una reputación, un conocimiento o una conducta que hacía que otros escucharan lo que decía.

Hoy, en demasiadas ocasiones, parece significar simplemente que mucha gente mira lo que hace.

No es lo mismo.

La ética también entra en el video de 30 segundos

Y aquí aparece una conversación todavía más incómoda: la ética.

Porque cuanto mayor es una audiencia, mayor es también la responsabilidad.

Si alguien recomienda un restaurante porque le gustó, estamos frente a una experiencia personal.

Si recomienda un producto porque una marca le paga, ya existe una relación comercial.

Si habla de salud, inversiones, alimentación, educación, política o seguridad sin tener conocimientos suficientes, el problema puede ser mucho mayor.

La propia Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos, la FTC, establece que los influencers deben revelar claramente cuando existe una relación económica o de otro tipo con una marca. La institución advierte que recibir dinero, productos gratuitos, descuentos u otros beneficios puede constituir una relación que debe hacerse explícita.

¿Por qué?

Porque la audiencia tiene derecho a saber si está escuchando una recomendación espontánea o un mensaje pagado.

Parece elemental.

Pero precisamente porque parece elemental, resulta preocupante que todavía sea necesario explicarlo.

La ética comienza cuando nadie está obligado a decirte que seas ético.

El algoritmo premia la atención, no la verdad

Aquí tenemos otro problema. El algoritmo no necesariamente premia lo más importante. Premia aquello que consigue atención. Y la atención puede obtenerse de muchas maneras.

Con inteligencia.

Con humor.

Con talento.

Con información.

Pero también con escándalo, exageración, indignación, mentira, morbo o estupidez. El algoritmo no tiene conciencia. No sabe si una información es profunda o superficial. No distingue necesariamente entre una investigación periodística y una ocurrencia.

Mide comportamiento. Cuánto tiempo permaneciste.

Si compartiste.

Si comentaste.

Si regresaste.

Si provocó reacción.

Y ahí comienza una peligrosa competencia: ¿qué tengo que hacer para que me miren?

La pregunta correcta debería ser otra:

¿Qué tengo que aportar para que valga la pena que me miren?

Son preguntas completamente diferentes.

El problema no es querer ser famoso

Tampoco quisiera caer en el discurso de “antes todo era mejor”.

No.

Cada generación busca sus propios caminos y las generaciones mayores también tuvieron sus atajos para hacerse famoso.

Los jóvenes tienen derecho a experimentar. Tienen derecho a equivocarse. Tienen derecho a probar una profesión que hace diez años ni siquiera existía.

Y muchos lo hacen extraordinariamente bien.

Hay jóvenes que utilizan las redes para divulgar ciencia, enseñar matemáticas, explicar finanzas, hablar de literatura, hacer periodismo, defender causas sociales, enseñar oficios, mostrar culturas locales, crear empresas o simplemente entretener con enorme talento.

Eso es magnífico. El problema no es querer ser famoso. El problema es creer que ser famoso es suficiente. Porque la fama sin contenido es como una casa sin cimientos: puede parecer enorme mientras nadie la toca.

Y tarde o temprano se cae.

¿Qué significa entonces ser influencer?

Quizá deberíamos recuperar el significado de la palabra.

Un influencer debería preguntarse antes de publicar:

¿Qué sé de esto?

¿Tengo experiencia?

¿Estoy diciendo la verdad?

¿Estoy distinguiendo un hecho de una opinión?

¿Estoy informando o simplemente provocando?

¿Estoy recomendando algo porque realmente lo conozco o porque me pagaron?

¿Estoy utilizando mi audiencia para aportar algo o solamente para aumentar mi audiencia?

Y, sobre todo:

¿Qué responsabilidad tengo frente a las personas que me creen?

Porque ahí está el verdadero asunto.

Tener cien mil seguidores significa tener cien mil personas potencialmente expuestas a lo que dices.

No es poca cosa.

Y si alguien consigue que miles de personas cambien una conducta, compren un producto, desprecien a alguien, crean una mentira o adopten una determinada posición, entonces sí está influyendo.

Y si está influyendo, tiene responsabilidades.

Famoso no es lo mismo que valioso

Quizá esta sea una de las grandes confusiones de nuestra época. Hemos construido una sociedad que mide demasiado fácilmente el éxito.

Seguidores.

Likes.

Reproducciones.

Suscriptores.

Visualizaciones.

Pero ninguno de esos números responde una pregunta fundamental:

¿Valió la pena?

Un video puede tener diez millones de reproducciones y no haberle servido a nadie. Otro puede tener cinco mil y haberle cambiado la vida a una persona.

¿Qué vale más?

El algoritmo probablemente dirá que el primero. La sociedad debería ser capaz de responder algo distinto. Porque si nuestra aspiración colectiva termina siendo que todos queremos ser famosos para que alguien nos pague por ser famosos, habremos construido una extraña economía de la atención en la que el contenido dejó de ser una herramienta para comunicar y se convirtió en una excusa para existir públicamente.

No necesitamos menos creadores. Necesitamos mejores creadores.

No necesitamos menos influencers.

Necesitamos personas que entiendan que influir es una responsabilidad antes que un privilegio. Y quizá deberíamos decirles a nuestros jóvenes algo que parece antiguo, pero que sigue funcionando:

Primero aprende.

Después piensa.

Luego construye algo.

Y finalmente, si tienes algo que decir, prende la cámara.

Porque quizá el verdadero éxito no sea conseguir que millones de personas te miren. Quizá sea conseguir que, después de mirarte, piensen un poco mejor.

Ahí empieza la verdadera influencia.

Y esa, por fortuna, todavía no la puede fabricar ningún algoritmo.