Por Mario Alonso Lemus Villavicencio

En la actualidad, el formato más popular para escuchar música es el streaming. Dejando el formato físico reservado para un sector muy pequeño de los escuchas. Quienes hemos visto el cambio del siglo observamos que la música y su acceso a ella se ha transformado drásticamente. Si bien estos cambios son muchos y podríamos reflexionar en torno a ellos, para este caso nos concentraremos en la forma en que compartimos la música que escuchamos.

Hoy en día, el compartir música es un proceso mucho más rápido, casi inmediato. Digamos que estás platicando con alguien y el tema te recuerda a alguna canción, a lo que preguntas: “¿Ya escuchaste la nueva canción de este artista?” o “¿Has escuchado esta canción?”, a partir de esto, si la respuesta es “no”, simplemente sacas tu teléfono, abres alguna plataforma de streaming y le muestras la canción, o bien la persona la apunta y en una oportunidad hará exactamente lo mismo. Esto hace que sea mucho más rápido y práctico acceder a contenido musical.

Sin embargo, no siempre fue así. A lo largo del siglo XX hubo distintos formatos para consumir música, pero nos concentraremos en uno que fue revolucionario: El ‘casete’. Creado por la marca Philips en 1963, cambiando la forma en la que escuchamos y compartimos nuestro gusto musical con el mundo, pues este formato permitió sencillamente grabar directamente música de la radio, pedir que pasaran esa canción que te gustó en la radio y esperar a que el locutor se callara para grabarla era un momento de incertidumbre, o hacer copias de algún álbum sin necesidad de tener equipo profesional.

Esta posibilidad de grabar daría origen al llamado mixtape, que para los más jóvenes sería lo equivalente a un playlist. Elaborar uno era, en sí mismo, un ejercicio creativo, experimental y artesanal. No existía una fórmula o una forma correcta de hacer un mixtape, podías elegir copiar un álbum, poner tus canciones favoritas, o simplemente para cachar esas canciones que te podían gustar. Algunos pasaban horas decidiendo el orden perfecto para aprovechar los 90 minutos disponibles. Cada mixtape era una expresión personal, una parte íntima de tus gustos, que podías regalar, intercambiar o como una forma de presentar tu identidad musical.

Hoy en día podemos crear y compartir una playlist en cuestión de segundos, incluso se crean para experiencias específicas —música para lavar los trastes, música para barrer, etcétera— lo cual resulta maravilloso, pero siempre es interesante recordar el tiempo del mixtape, ya que representa una época en la que compartir música requería tiempo, paciencia e intención. Es bueno recordar que el casete no fue solo un simple soporte de audio, sino que transformó la forma en la que las personas construían y compartían sus gustos musicales, sentando las bases que hoy consideramos cotidianas en la era digital.

Esta idea nos sirve para hacernos preguntas de carácter introspectivo: ¿Cómo estamos escuchando música hoy en día? ¿Nuestros playlists son a conciencia o aleatorios? ¿Hacemos playlists por practicidad o por crearnos una experiencia? ¿Hacemos nuestras playlists o vivimos de los prefabricados? Creo que el ejercicio de crear y compartir nuestras playlist puede ser interesante y nos permite conectar con las personas de otra forma.

Columna de opinión, responsabilidad de quien escribe.