Tenía diez años cuando el huracán ‘Liza’ pasó por el sur de Sonora. Era 1976 y vivíamos en Huatabampo, a unos quince kilómetros de Huatabampito y del puerto de Yavaros. Los registros oficiales señalan que ‘Liza’ afectó la región el 1 de octubre como un huracán intenso; Cenapred incluye a Huatabampo entre los municipios sonorenses afectados por lluvias, desbordamientos e inundaciones.
Mis recuerdos, sin embargo, no empiezan con cifras sino con una tarde de lluvia. Era una llovizna fuerte y constante, pero no había viento. Sabíamos que venía un ciclón, aunque la información era escasa. Dependíamos de la radio; la televisión servía de poco, porque con el mal tiempo los canales no se veían.
Durante la madrugada comenzó el viento. Recuerdo su sonido, la lluvia golpeando el techo y las puertas sacudidas una y otra vez. Al amanecer mirábamos por la ventana los árboles de la escuela de enfrente inclinarse hasta parecer que saldrían arrancados de raíz. Algunos efectivamente cayeron o pasaron frente a nosotros, junto con techos completos de lámina, láminas sueltas y objetos que el viento llevaba sin dificultad.
De pronto, todo se calmó. La lluvia disminuyó hasta desaparecer y pensamos que había terminado. Mis padres nos dijeron que estaba pasando el ojo del huracán. Entonces comenzaron a llegar familias a refugiarse en las aulas de la escuela. Pregunté por qué iban allí y me respondieron que era un edificio muy bien construido y que no se derrumbaría.
Mis padres nos dejaron salir unos minutos al patio. Todavía puedo recordar aquel silencio. No caía una gota, los árboles permanecían inmóviles y no se escuchaba nada. Resultaba difícil creer que minutos antes el viento y el agua hubieran convertido a Huatabampo en un caos. Permanecimos afuera hasta sentir la primera brisa. Mis padres nos hicieron entrar de inmediato.
Y entonces volvió la furia. Casi sin transición regresaron el viento y la lluvia, como si alguien hubiera abierto de nuevo una puerta enorme. Después, poco a poco, fueron perdiendo fuerza hasta desaparecer.
Los informes pueden decir cuándo llegó Liza, qué categoría tuvo y cuáles fueron sus daños. Para quienes lo vivimos, queda además otra medida: La del ruido, el miedo, los objetos volando y, en medio de todo, aquellos minutos de silencio absoluto bajo el ojo del huracán.
Casi medio siglo después, la fecha sigue fija en la memoria: 1 de octubre de 1976. Yo tenía diez años.