La inteligencia artificial aprende de nuestros datos, pero nosotros también estamos aprendiendo a pensar con ella

Hay una pregunta que cada vez me resulta más difícil quitarme de la cabeza:

¿Quién está entrenando a quién?

Cuando utilizamos inteligencia artificial creemos que somos nosotros quienes le enseñamos. Le explicamos cómo queremos que escriba. Le corregimos una respuesta. Le decimos qué nos gusta y qué no. Le pedimos que cambie el tono, que piense de determinada manera, que conozca nuestros proyectos, nuestras preferencias, nuestras formas de trabajar.

Poco a poco parece conocernos.

Pero aquí comienza una discusión que todavía no hemos asumido completamente: mientras nosotros enseñamos a la máquina a responder de acuerdo con nuestras necesidades, la máquina también está modificando nuestra manera de trabajar, buscar información, escribir, decidir y hasta formular preguntas.

La cuestión ya no es solamente cuánto puede hacer la inteligencia artificial. La pregunta es cuánto de nosotros estamos dispuestos a poner dentro de ella.

Primero hay que entender qué significa “aprender”

Conviene empezar por quitarle un poco de misterio al asunto. Cuando hablamos de que una inteligencia artificial “aprende”, no estamos hablando exactamente del aprendizaje de una persona.

Un ser humano aprende porque vive. Tiene memoria, experiencias, emociones, relaciones, errores, afectos, frustraciones y consecuencias.

Una IA funciona de otra manera.

Los grandes modelos son entrenados previamente con enormes cantidades de información y aprenden patrones que les permiten generar respuestas. Después pueden existir mecanismos adicionales de memoria, personalización, retroalimentación o actualización.

Son cosas distintas.

Una conversación no necesariamente modifica en ese instante el modelo completo que millones de personas utilizan. Pero algunos servicios sí permiten que determinadas conversaciones sean utilizadas posteriormente para mejorar sus modelos, dependiendo de las configuraciones de datos. OpenAI, por ejemplo, permite al usuario desactivar el uso de nuevas conversaciones para mejorar sus modelos. También distingue esa función de la memoria, que sirve para personalizar futuras respuestas.

Esta diferencia es fundamental.

Porque una cosa es que la IA recuerde algo de nosotros y otra muy distinta es que ese contenido termine contribuyendo al entrenamiento de un modelo.

La máquina empieza a conocernos por nuestros patrones

Pensemos en algo muy sencillo. Durante meses le pedimos a una IA que nos ayude a escribir.

Le decimos:

“Hazlo más corto”. “Ese tono es demasiado agresivo”. “Prefiero una explicación sencilla”. “Dame argumentos contrarios”. “No quiero que inventes datos”.

La herramienta empieza a disponer de información que le permite adaptar sus respuestas. No significa que haya desarrollado conciencia.

Significa que tiene más contexto.

Y el contexto es una de las grandes fuentes de poder de la inteligencia artificial. Porque una cosa es preguntarle a una máquina una vez:

“¿Cómo escribo mejor?”

Y otra muy diferente es que durante meses conozca nuestras preferencias, nuestros proyectos, nuestros hábitos y nuestra forma de trabajar.

Entonces deja de ser solamente una herramienta genérica. Se convierte en una herramienta personalizada. Y ahí aparece la primera frontera.

¿Cuánto queremos que nos conozca?

El dato más importante no siempre es nuestro nombre

Durante años aprendimos a proteger ciertos datos: nombre, domicilio, teléfono, número de tarjeta. Pero la inteligencia artificial introduce una categoría mucho más profunda.

Nuestros patrones de pensamiento.

Qué argumentos nos convencen. Qué palabras utilizamos. Qué temas nos interesan. Qué cosas nos preocupan. Qué estilo preferimos. Qué información rechazamos. Qué preguntas repetimos. Qué decisiones nos cuesta tomar.

Incluso qué necesitamos preguntar antes de atrevernos a tomar una decisión. Eso tiene un valor enorme.

Porque una máquina que conoce nuestros hábitos puede ayudarnos extraordinariamente bien. Pero también puede convertirse en una máquina extraordinariamente eficaz para confirmarnos.

Y aquí aparece un peligro silencioso. Si siempre le pedimos a la IA que nos dé la razón, terminará siendo una excelente compañera de nuestros prejuicios. Si le pedimos que cuestione nuestras ideas, puede convertirse en una herramienta para pensar mejor.

La diferencia no está solamente en la inteligencia de la máquina. Está también en las instrucciones que le damos.

El mundo ya está aprendiendo con ella

No estamos hablando de una tecnología futura.

El AI Index 2026 de Stanford reporta que 88 por ciento de las organizaciones encuestadas ya utilizaban inteligencia artificial, mientras que cuatro de cada cinco estudiantes universitarios utilizan IA generativa. La adopción de IA generativa alcanzó 53 por ciento de la población en apenas tres años, una velocidad de incorporación superior a la que tuvieron en sus primeros años tecnologías como la computadora personal o internet.

La escala es impresionante.

Y también lo es la velocidad.

El mismo informe documenta 362 incidentes relacionados con inteligencia artificial durante 2025, frente a 233 en 2024. Es decir, mientras las capacidades avanzan, los problemas asociados también crecen. Esto debería cambiar nuestra conversación.

Ya no estamos preguntando si la IA llegará.

Ya llegó.

Está en las escuelas, oficinas, empresas, medios de comunicación, universidades y hogares. El debate ahora consiste en aprender a convivir con ella.

Pero hay algo que debemos evitar: entregarle el criterio

Podemos pedirle a una IA que nos ayude a escribir. Podemos utilizarla para resumir un documento. Para comparar información. Para encontrar errores. Para traducir. Para generar ideas. Para aprender una materia. Para ordenar una enorme cantidad de información.

Pero hay una diferencia entre utilizar una herramienta para mejorar nuestro juicio y utilizarla para sustituirlo.

No es lo mismo preguntar:

“¿Qué argumentos existen sobre este asunto?”

que preguntar:

“Dime qué debo pensar sobre este asunto”.

No es lo mismo:

“¿Qué riesgos tiene esta decisión?”

que:

“Decide por mí”.

La primera pregunta amplía nuestra capacidad.

La segunda empieza a entregársela.

¿Dónde está el límite?

Aquí la discusión deja de ser tecnológica y se vuelve ética.

Y en este punto resulta interesante acudir a Magnifica Humanitas, la encíclica publicada por León XIV el 15 de mayo de 2026, dedicada precisamente a la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial.

El documento no plantea simplemente rechazar la tecnología.

Plantea algo mucho más exigente: que la inteligencia humana, con su conciencia y libertad, sea la que guíe la innovación tecnológica y determine responsablemente sus usos y límites.

León XIV introduce además una idea que resulta especialmente pertinente para esta discusión.

Dice que las inteligencias artificiales no viven una experiencia, no tienen cuerpo, no conocen desde dentro la alegría, el dolor, el amor, la amistad o la responsabilidad. Pueden imitar determinados lenguajes y comportamientos, incluso simular empatía, pero eso no significa que tengan conciencia moral.

Y hay una frase que merece detenerse a pensar.

El Papa señala que incluso los propios desarrolladores tienen una comprensión limitada de cómo funcionan completamente estos sistemas. Por eso afirma que las IA son, en cierto sentido, más “cultivadas” que “construidas”: los seres humanos crean las condiciones y estructuras, pero no controlan directamente cada detalle de lo que emerge dentro de ellas.

Eso debería producir, cuando menos, humildad.

Estamos construyendo algo cuyo comportamiento completo ni siquiera sus creadores comprenden.

El problema aparece cuando confundimos eficiencia con sabiduría

Una máquina puede encontrar en segundos miles de respuestas. Eso no significa que sepa cuál es la correcta para nuestra vida. Puede identificar patrones. No necesariamente comprende consecuencias humanas. Puede calcular probabilidades. No experimenta las consecuencias de una decisión.

Puede recomendar una determinada opción. Pero no tendrá que vivir con ella. Por eso hay decisiones que deberían conservar siempre una responsabilidad humana.

Contratar o despedir a una persona. Decidir sobre la educación de un hijo. Determinar un diagnóstico o tratamiento médico. Conceder un crédito. Evaluar la reputación de alguien. Decidir qué información merece ser considerada verdadera.

Y, por supuesto, decidir qué principios queremos defender.

El propio León XIV advierte que cuando los sistemas automatizados intervienen en derechos, oportunidades, reputación o libertad, el asunto deja de ser puramente técnico.

También hay una factura que no vemos

Hay otra paradoja.

La inteligencia artificial parece intangible. Está en una pantalla. No vemos las máquinas que la hacen funcionar. Pero detrás de cada respuesta existen centros de datos, chips, electricidad, sistemas de refrigeración e infraestructura física.

La Agencia Internacional de Energía estima que el consumo eléctrico de los centros de datos pasó de unos 485 teravatios-hora en 2025 y podría llegar a unos 950 TWh en 2030, cerca de 3 por ciento de la electricidad mundial. El consumo de los centros orientados a IA creció 50 por ciento en 2025.

Eso significa que la inteligencia artificial tampoco es gratuita para el planeta. Cada pregunta individual parece insignificante. Millones de preguntas ya son otra historia.

Entonces, ¿cómo deberíamos entrenarla?

Quizá la respuesta más sensata sea enseñar a las personas a utilizar la inteligencia artificial con algunas reglas básicas.

Primera: no entregarle información personal o confidencial sin comprender qué ocurrirá con ella.

Segunda: pedirle fuentes y comprobar los datos importantes.

Tercera: no confundir una respuesta bien escrita con una respuesta verdadera.

Cuarta: pedirle que presente argumentos contrarios a nuestras propias ideas.

Quinta: utilizarla para ampliar nuestro criterio, no para renunciar a él.

Y quizá una sexta:

No enseñarle únicamente lo que queremos escuchar.

Porque una inteligencia artificial que siempre confirma nuestras ideas puede terminar siendo más peligrosa que una que ocasionalmente nos contradice.

¿Quién está entrenando a quién?

Tal vez esa sea la pregunta que deberíamos llevarnos a casa. Nosotros entrenamos a la inteligencia artificial con nuestros datos, nuestras instrucciones, nuestras preferencias y nuestras preguntas. Pero la inteligencia artificial también está entrenando nuestros hábitos.

Nos está enseñando a preguntar de otra manera. A escribir de otra manera. A buscar información de otra manera. A resolver problemas de otra manera. Y quizá, sin darnos cuenta, también a pensar de otra manera.

El verdadero desafío no consiste en impedir que la inteligencia artificial aprenda. Eso sería imposible y probablemente tampoco sería deseable.

El desafío consiste en decidir qué queremos enseñarle y qué jamás deberíamos delegarle.

Podemos enseñarle nuestros gustos. Nuestros métodos. Nuestro trabajo. Incluso nuestras palabras. Pero hay algo que no deberíamos entregarle: la responsabilidad de decidir quiénes queremos ser.

Porque si algún día la inteligencia artificial llega a conocernos perfectamente, la pregunta más importante ya no será cuánto sabe ella de nosotros.

Será cuánto de nosotros queda cuando dejamos que una máquina piense por nosotros.