Porfirio es un gatito naranja que fue rescatado en Bavispe hace dos meses, su precaria vida cambió de golpe y hoy es una vivaz mascota con gran carisma y fotogenia.
Hasta aquí parece una historia conmovedora, en la que un animal necesitado y en problemas encuentra una mano amiga que le brinda un mejor futuro.
Lo peculiar es que quien lo sacó de las calles fue el gobernador Alfonso Durazo, que desde sus tiempos de candidato se convirtió en un amante de felinos y caninos.
Hoy que Durazo intenta que un buen samaritano adopte al cándido Porfirio, resulta inevitable cuestionarse si un gobernador debe ocupar tanto tiempo, esfuerzo y recursos en atender las necesidades de los animales de compañía y de paso hacerlo así de público.
Porque no es que esté mal que el gobierno estatal vea por los animales, tampoco que el mandatario deje ver sus preferencias, pero preocupa que su posicionamiento más público ante los problemas que enfrenta Sonora sea sobre tal asunto.
Mientras promociona a Porfirio en sus redes sociales, perviven temas que requieren de su atención, de su valentía para posicionarse con firmeza, que es el primer acto que debe dar un gobernante para cumplir con su función: generar políticas públicas que mejoren la vida de los ciudadanos.
Pero si al llegar los asuntos complejos desaparece, no enfrenta en lo público lo que ocurre con Sonora, entonces estamos frente a un gobernador que prefiere perderse en la banalidad antes que asumirse preocupado y vulnerable, como si eso fuera un signo de vergüenza.
Porque bajo ese tamiz, que Guaymas, Cajeme o Caborca sean presa del crimen organizado, que cientos de menores queden en la orfandad mensualmente, que la entidad se mantenga sin garantías para los sectores frágiles y los ciudadanos tengan que modificar su vida para lograr sobrevivir, y no le merezcan una sola palabra o fotografía como sí lo hizo con Porfirio, dice más de lo que calla.
Hoy tenemos un estado donde un gato es una política pública, pero no así las víctimas de tanta desgracia.
@cmtovar