Hay periodistas que escriben para el periódico de hoy y otros que terminan formando parte de la memoria de una ciudad. Mario Rivas Hernández fue de los segundos.

Conocí a Mario Rivas durante los últimos tres años de su vida. No tuve la fortuna de compartir con él las tres décadas que dedicó a TRIBUNA, ni de acompañarlo en los años en que construyó su nombre, su columna y esa relación cotidiana con lectores que esperaban encontrarlo cada mañana. Me incorporé tarde a su historia, pero a tiempo para descubrir a un escritor único, irrepetible y, sobre todo, a un periodista que entendía su oficio mucho más allá de la obligación de llenar una página.

Hoy, cuando vuelvo sobre su trayectoria, me queda una certeza: para conocer la dimensión de Mario no basta con contar sus años frente a una máquina de escribir, sus fuentes, sus amistades o los personajes públicos que pasaron por sus líneas. Hay que entender lo que significaba abrir Rumbos y encontrarse con una manera particular de mirar la vida pública de Sonora.

Mario murió el 2 de noviembre de 2021, a los 75 años. Su última columna apareció en TRIBUNA el 13 de septiembre de aquel año. Entre una fecha y otra quedó un silencio que ninguna página de archivo ha podido llenar.

Pero antes de ese silencio hubo más de treinta años de una conversación diaria con Cajeme y con Sonora.

Una plana entera y una ciudad por contar

Mario se incorporó a Tribuna del Yaqui el 14 de octubre de 1987. Al año siguiente comenzó a escribir una plana completa, un espacio que mantuvo hasta los últimos meses de su vida. La dimensión física de aquella columna dice mucho de una época, pero no explica por sí sola su importancia.

Una plana podía convertirse en una carga para cualquier escritor. En las manos de Mario se transformó en una ventana a la política, a las relaciones humanas, a los acontecimientos regionales y a las historias que circulaban entre oficinas, cafés, reuniones y conversaciones privadas.

Su camino no comenzó en TRIBUNA. Antes había publicado poesía, trabajado en otros medios y emprendido proyectos periodísticos propios. Fundó Tiempo Nuevo y El Observador, experiencias que dejaron ver su vocación de periodista independiente y su interés por contar aquello que consideraba importante para la comunidad.

En esa trayectoria hubo dificultades, apuestas personales y decisiones que no siempre resultaron como esperaba. Por eso su historia no debe leerse como una sucesión de éxitos inevitables, sino como la de un hombre que encontró en el periodismo una forma de vida.

El mérito de Mario fue sostener durante décadas una voz reconocible en un entorno político que cambiaba, mientras también cambiaban los medios, las tecnologías y las maneras de informarse.

Sus lectores no necesitaban estar de acuerdo

Hay un reconocimiento que, para cualquier periodista, vale más que muchos elogios: que lo lean quienes coinciden con sus opiniones, pero también quienes las cuestionan.

Eso ocurrió con Mario.

La despedida publicada por Tribuna tras su muerte destacó precisamente esa capacidad para convocar a lectores de posiciones distintas. Su columna era una referencia cotidiana para integrantes de la política, el empresariado y la sociedad regional. Algunos encontraban en ella información; otros, interpretación; otros más, una lectura de los acontecimientos que no necesariamente compartían.

Lo importante es que volvían.

En tiempos en los que demasiadas conversaciones públicas terminan convertidas en trincheras, esa capacidad merece ser revisada. El periodismo no está obligado a conseguir unanimidad. Su responsabilidad es ofrecer información, contexto y argumentos para que una sociedad pueda entenderse, incluso cuando no consigue ponerse de acuerdo.

Mario tenía una relación estrecha con el poder y con quienes lo ejercían. Conocía personajes, antecedentes, rivalidades y circunstancias que ayudaban a explicar por qué ocurrían ciertas cosas. Esa cercanía le permitía conseguir información, aunque también le exigía mantener el criterio necesario para distinguir entre una relación personal y una obligación profesional.

La cercanía con las fuentes puede abrir puertas; el trabajo periodístico consiste en saber qué hacer con lo que se encuentra detrás de ellas.

De los contactos a la información: El oficio detrás de Rumbos

La columna de Mario no nació en la era de las redes sociales, de las notificaciones instantáneas ni de la información que circula sin pausa. Se formó en un periodismo en el que las conversaciones, las llamadas, las reuniones y la memoria de los protagonistas eran herramientas esenciales.

Sin embargo, sería un error reducirlo a un representante de una época desaparecida.

Su trayectoria muestra que un periodista puede conservar una identidad propia mientras cambia el mundo que lo rodea. Los temas se transformaron, los actores políticos se renovaron, las reglas de la competencia pública evolucionaron y las noticias comenzaron a circular a velocidades impensables en sus primeros años. Rumbos siguió siendo reconocible porque detrás de la forma existía un autor.

Basta revisar algunos de sus títulos para advertir la amplitud de su mirada. El 7 de septiembre de 2021 publicó La triste ironía del PRI: nació para acabar con los partiditos y termina siendo uno de ellos. Días después apareció una de sus últimas entregas, titulada Platicar con el ex-Gobernador Eduardo Bours fue una bocanada de aire fresco.

Son dos ejemplos de una misma práctica: observar la política desde sus contradicciones y, al mismo tiempo, entender que detrás de los cargos y las disputas hay personas, conversaciones y experiencias que también merecen ser contadas.

En su última etapa, Mario seguía alternando el análisis de los partidos con las entrevistas y las impresiones que le dejaban sus encuentros. No escribía desde un solo registro. Esa combinación de información, comentario y relación humana fue parte de su sello.

La evolución del periodismo no consiste necesariamente en abandonar todo lo anterior para adoptar cada novedad. Consiste en aprender a utilizar las nuevas herramientas sin perder de vista para qué se informa.

El hombre detrás de la columna

Hay un testimonio que me parece indispensable para comprenderlo. En la semblanza que publicó Bulmaro Pacheco después de su muerte, recuperó algunas reflexiones que Mario compartió durante una conversación con sus amigos, meses antes de fallecer.

Cuando le preguntaron cuántos años de felicidad consideraba haber tenido, respondió: «Creo que de los 75, 70».

No es una frase sobre periodismo, pero dice mucho sobre el hombre. En medio de una enfermedad que llevaba tiempo enfrentando, podía mirar hacia atrás y reconocer una vida que consideraba intensa y emocionante.

En esa misma semblanza, Pacheco recordó otra de sus expresiones: «Me gusta hacer autocrítica cada rato, pero también registro a quien me critica, sobre todo cuando doy mal un dato o me equivoco».

Conviene detenerse ahí.

En el periodismo, admitir un error no disminuye la autoridad de quien informa. La fortalece. La credibilidad no consiste en pretender que nunca nos equivocamos, sino en reconocer que los datos deben estar por encima del orgullo personal.

Mario también hablaba de la importancia de respetar a los demás y a quienes pensaban diferente. Se reconocía enemigo del egoísmo y la soberbia, y cuestionaba las actitudes de quienes buscaban aplastar a los más vulnerables.

No hace falta convertir estas declaraciones en una lista de virtudes ni asumir que un periodista está libre de contradicciones para reconocer el valor de esas convicciones. Basta con entender que, para él, la vida y el oficio no estaban separados por una frontera infranqueable.

Su historia personal tampoco fue sencilla. Creció en condiciones económicas difíciles, trabajó desde niño y avanzó en su formación mientras se abría camino en distintos oficios. Su aprendizaje periodístico fue, en buena medida, autodidacta. Antes de que su firma se volviera habitual para miles de lectores, hubo un joven que encontró en la escritura una posibilidad de contar el mundo.

Ese origen importa porque recuerda algo que a veces olvidamos: el oficio no se construye únicamente con títulos o cargos. Se construye leyendo, escuchando, preguntando, equivocándose, corrigiendo y regresando al día siguiente a trabajar.

Lo que aprendí en tres años

No voy a atribuirme una cercanía que no tuve. Conocí a Mario durante los últimos tres años de su vida y ese tiempo no me autoriza a hablar en nombre de quienes lo acompañaron desde sus comienzos. Pero sí me permite reconocer lo que descubrí en él.

Admiré al escritor capaz de llenar una plana sin perder su identidad. Al periodista que había acumulado relaciones y conocimiento durante décadas. Al hombre que, incluso después de construir una trayectoria, conservaba una forma personal de narrar y de interpretar lo que sucedía a su alrededor.

También comprendí que las figuras del periodismo regional no se miden solamente por la cantidad de notas publicadas o por el número de años que permanecen en un medio. Se miden por el espacio que ocupan en la conversación pública, por los asuntos que ayudan a entender y por la costumbre que crean en sus lectores.

Mario convirtió la lectura de Rumbos en parte de la rutina de muchas personas. Esa es una forma de influencia difícil de fabricar y todavía más difícil de conservar.

Por eso su ausencia no se explica únicamente por la desaparición de una firma. Se explica por la pérdida de una voz que durante décadas ayudó a interpretar la vida política de nuestra región.

Un legado que también compromete a TRIBUNA

Para Tribuna, Mario Rivas es parte de su historia editorial. No como una fotografía que se conserva en la pared ni como un nombre que se recuerda cada aniversario, sino como una referencia para pensar qué significa hacer periodismo en una sociedad que cambia.

Las nuevas generaciones trabajan con otras herramientas, otros ritmos y otras audiencias. El espacio que antes ocupaba una plana impresa hoy compite con pantallas, videos, transmisiones y mensajes que se multiplican en segundos. Pero hay preguntas que siguen siendo las mismas: ¿qué sabemos?, ¿cómo lo sabemos?, ¿qué falta por comprobar?, ¿qué significa esta noticia para la comunidad?

Mario construyó su respuesta durante más de treinta años. No hay que imitar sus formas para aprender de su experiencia. Hay que comprender el trabajo que las sostenía.

Investigar antes de escribir. Conocer a los protagonistas sin confundir amistad con información. Entender el contexto. Admitir los errores. Sostener una voz propia. Y, sobre todo, escribir para los lectores, no solamente para quienes aparecen en las páginas.

Ese es el legado que merece permanecer.

Que lo lean sus amigos y también sus adversarios

El 2 de noviembre se cumple un aniversario más de la muerte de Mario Rivas. Cada año, la fecha devuelve su nombre a la conversación periodística de Sonora. Pero el mejor homenaje no consiste en repetir que fue grande, sino en explicar por qué su trabajo sigue siendo digno de estudio.

Que lo lean sus amigos, que lo lean quienes compartieron sus ideas y que lo lean también sus adversarios. Que unos recuerden al compañero y otros al columnista con quien discutían. Que todos puedan reconocer en su trayectoria el valor de un periodismo que se construyó a lo largo del tiempo, evolucionó con las circunstancias y dejó una huella propia.

Yo llegué a su historia apenas en los últimos tres años. No necesito fingir que estuve en los primeros para reconocer la dimensión de lo que hizo. A veces, conocer el final de una trayectoria permite mirar con más atención el camino que la hizo posible.

Mario Rivas Hernández fue un escritor único e irrepetible. No porque estuviera por encima de cualquier crítica, sino porque nadie más puede reproducir exactamente su mirada, sus relaciones, su memoria y su manera de convertirlas en una columna.

Su última entrega de Rumbos apareció el 10 de septiembre de 2021. La vida terminó para él el 2 de noviembre de ese año. Pero entre esas fechas y las tres décadas que las precedieron quedó una obra que sigue disponible para quien quiera leerla.

Y quizá esa sea la mejor manera de honrar a un periodista: volver a sus páginas, discutir sus argumentos, comprobar sus datos y descubrir qué nos dicen hoy sobre la sociedad que fuimos y la que estamos construyendo.

Porque los periodistas desaparecen, las tecnologías cambian y los periódicos se transforman. Pero cuando una voz consigue formar parte de la memoria de sus lectores, el tiempo deja de ser solamente una medida de los años. Se convierte en una forma de permanencia.

Y como acostumbraba a cerrar sus columnas: Es todo, le abrazo

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