La Frontera de mi Infancia

En la inocencia que regala la niñez, yo estaba convencida de que el mundo comenzaba justo en la curva del arroyón, allí donde el camino se abría en saludo a los que entraban al pueblo, y terminaba un poco más allá, en el cruce de las vías del tren. Nada existía fuera de esos límites. Lo que vivíamos estaba contenido en ese rectángulo de tierra terregosa, en esas casas de adobe que resistían el calor y en las voces que formaban la música diaria. En aquel universo pequeño, los que tenían poco y los que tenían mucho eran iguales. Unos vendían el fruto de sus animales; otros lo comprábamos con lo justo. Al final, todos formábamos parte de la misma rueda.

Nos unía también la escuela. Allí íbamos juntos, los bien calzados y los descalzos, pero esas diferencias se borraban a la hora del recreo: sudados, polvorientos, riendo, jugando al mismo juego. El regreso al salón lo presidía la señora Virginia, nuestra maestra octogenaria, de voz ronca y carácter fuerte, que presumía su odio por los frijoles. Cuando fallábamos en las cuentas del pizarrón, nos espetaba con sorna: “¡Si les pongo un plato de frijoles, verán que pronto saben si son más o menos que los de los otros!”. Tras ese rigor, quiero pensar que había ternura: si alguien no avanzaba, abría su casa y lo retenía hasta que la voz de la madre, desgarrando la calma del pueblo, reclamaba a gritos al hijo ausente.

En ese carbó, apenas iluminado por las lámparas de petróleo, todos éramos familia. Los de apellido extranjero, dueños de la economía, y los de apellido castizo, que corríamos libres por las calles polvorientas. Jugábamos juntos hasta que la oscuridad caía como un telón, y las madres que de alguna manera estaban pendientes de nosotros, sentadas afuera de sus casas, antes de entrar, nos llamaban con voces de campana. Aunque el pueblo de calles oscuras y casas semialumbradas era tranquilo, jamás se nos permitió andar solos en la noche.

El tren era el corazón del pueblo. A las cinco de la mañana, el tren de carga sacudía el sueño; mi madre, apenas lo escuchaba, se levantaba presurosa a prender la hornilla y poner el agua a hervir para colar el café, mientras esperaba, regaba sus plantas y amasaba la harina para las tortillas. Don Manuel, en la parcela detrás de su casa, ordeñaba las vacas, apartaba la leche de las entregas casa por casa, la cual debía estar antes de las siete, mientras que doña Pomposa, su esposa, preparaba el queso que dejaría en la tienda para su venta y, en otra parte del pueblo, a la misma hora, como ventarrón, la diminuta figura del Chino Law, dueño de la tienda más grande del pueblo, la gasolinería, la tienda de regalos, un negocio más chico, algo así como cafetería, kiosco de revistas, juguetería, todo en uno, llamado el Mambo, y dueño también de la capilla y la casa cural, presuroso abría sus candados con puntualidad. Al mediodía, el tren de pasajeros marcaba la hora de comer; al de las cuatro seguía el café compartido con las vecinas y las comadres, quienes mientras bordaban con aguja y con la lengua escuchaban la novela en el radio de transistores y esperaban noticias de quienes subían o bajaban de los vagones. De ese tren que marcó por siempre la actividad del pueblo fueron bajando con los años pasajeros que marcaron otro rumbo, pues traían costumbres nuevas y nos recordaban que el mundo no terminaba en el arroyón ni en las vías.

Con ellos comprendimos que había diferencias, que existían otros horizontes. Mi hermana soñó con la universidad, y ese sueño nos llevó a dejar Carbó por la capital. Allí aprendí que la ciudad podía ser dura, que las clases pesaban como piedras, y que para mis compañeros yo no era más que “la que había bajado del pueblo a tamborazos”.

Mi timbre de voz y mi manera de actuar me delataban; con los años creo que me he ido “ciudadanizando”, es decir, se me ha quitado un poco lo pueblerina, pero aún recuerdo con nostalgia esos años y regreso al carbó de las lámparas y el tren, a las risas de recreo, a la voz de la señora Virginia, la maestra que me enseñó a contar aunque fuera con platos de frijoles. Respiro y me deleito con el olor de café recién colado, con las viejas canciones que dejaba escuchar el radio y mi madre entonaba en la cocina. Regreso a ese universo que parecía caber entre el arroyón y las vías, y que, aunque pequeño, era inmenso.

Porque quizás, pienso ahora, la vida no termina nunca en los límites que creemos ver… sino que se queda latiendo en la memoria, como un tren que silba a lo lejos y promete volver a pasar.