Hay leyes que regulan la vida cotidiana. Hay otras que determinan el futuro.

La legislación ambiental pertenece a esta segunda categoría.

México enfrenta un momento particularmente importante en materia ambiental. La necesidad de actualizar el marco jurídico que regula la protección de nuestros ecosistemas es evidente. El país ha cambiado, las presiones sobre los recursos naturales se han intensificado y los desafíos ambientales son hoy mucho más complejos que hace algunas décadas.

Cambio climático, pérdida de biodiversidad, contaminación, deterioro de los ecosistemas, sobreexplotación de acuíferos, degradación de suelos y creciente presión sobre los recursos naturales forman parte de una realidad que exige nuevas respuestas.

Por ello, actualizar la legislación ambiental no solamente es conveniente: es necesario.

Pero una reforma de esta magnitud no debe evaluarse por la rapidez con la que pueda aprobarse, sino por la calidad de sus contenidos, la solidez científica de sus fundamentos y su capacidad real para proteger el patrimonio natural de México durante las próximas generaciones.

La pregunta no es si debemos reformar, sino cómo debemos hacerlo

Una legislación ambiental moderna debe construirse a partir de una premisa fundamental: prevenir el daño ambiental siempre será más inteligente y menos costoso que intentar repararlo después.

La experiencia internacional y la propia realidad mexicana muestran que muchos daños ambientales son difíciles, costosos o incluso imposibles de revertir.

Un acuífero contaminado puede tardar décadas en recuperarse.

Un bosque perdido no se reconstruye simplemente plantando árboles.

Una especie extinta no puede ser restaurada.

Un ecosistema marino degradado puede perder funciones ecológicas esenciales.

Por ello, la legislación debe privilegiar la prevención, la evaluación científica, la gestión integral del territorio y el principio precautorio.

No basta con reaccionar cuando el daño ya ocurrió.

La ciencia debe estar en el centro de las decisiones ambientales

Uno de los grandes desafíos de cualquier reforma ambiental consiste en evitar que las decisiones sobre el territorio dependan exclusivamente de criterios administrativos o económicos.

Las decisiones ambientales deben apoyarse en evidencia científica.

Esto significa contar con información actualizada sobre disponibilidad de agua, biodiversidad, capacidad de carga de los ecosistemas, conectividad ecológica, vulnerabilidad climática, contaminación y servicios ambientales.

También significa reconocer que los ecosistemas son sistemas complejos.

Una intervención aparentemente localizada puede producir consecuencias mucho más amplias.

Construir una infraestructura, modificar un cauce, urbanizar una zona, alterar un humedal o transformar un ecosistema puede generar efectos acumulativos que no siempre aparecen cuando cada proyecto se analiza de manera aislada.

Por eso, México necesita avanzar hacia una evaluación ambiental verdaderamente integral y estratégica.

No solamente debemos preguntarnos qué impacto tendrá un proyecto.

También debemos preguntarnos:

¿Qué ocurrirá cuando ese proyecto se sume a todos los demás proyectos que ya existen en una región?

Esa es una pregunta científica, pero también es una pregunta de Estado.

La participación ciudadana no debe ser un requisito burocrático

Una política ambiental moderna necesita escuchar a quienes conocen y viven en los territorios.

Las comunidades rurales, pueblos indígenas, productores, investigadores, universidades, organizaciones sociales, empresarios y autoridades locales poseen conocimientos y experiencias que pueden enriquecer profundamente las decisiones públicas.

La participación social no debe entenderse como un obstáculo para el desarrollo.

Por el contrario, puede ayudar a prevenir conflictos, identificar riesgos que no aparecen en los estudios convencionales y construir soluciones con mayor legitimidad social.

Participar no significa necesariamente estar de acuerdo.

Significa tener la posibilidad de conocer, preguntar, aportar información, cuestionar y ser escuchado.

Una democracia ambiental madura necesita precisamente eso.

Transparencia: sin información no existe verdadera participación

La información ambiental tiene una característica particular: pertenece al interés público.

La sociedad tiene derecho a conocer el estado de sus ecosistemas, la disponibilidad de agua, los niveles de contaminación, los riesgos ambientales y las consecuencias previsibles de las grandes obras y actividades productivas.

La información debe ser accesible, comprensible, verificable y oportuna.

No basta con que los datos existan en algún archivo institucional.

La ciudadanía debe poder utilizarlos para comprender lo que está sucediendo en su territorio.

Una sociedad informada puede participar.

Una sociedad desinformada solamente puede reaccionar.

Una ley sin presupuesto es una promesa

Existe, sin embargo, un aspecto que frecuentemente queda relegado en las grandes reformas legislativas:

¿Con qué recursos se va a cumplir la ley?

Ésta debería ser una de las preguntas centrales.

Una nueva legislación puede establecer mayores responsabilidades en materia de conservación, vigilancia, restauración, evaluación ambiental, información y justicia ambiental.

Pero cada obligación requiere capacidades institucionales.

Se necesitan investigadores.

Se necesitan inspectores.

Se necesitan laboratorios.

Se necesitan sistemas de información.

Se necesitan especialistas.

Se necesitan capacidades técnicas en los estados y municipios.

Se necesita vigilancia permanente.

Y, sobre todo, se necesita presupuesto.

Porque la protección ambiental no ocurre por decreto.

Ocurre cuando existen instituciones capaces de convertir las disposiciones legales en acciones concretas.

Por eso debemos repetir una verdad elemental:

Lo que no se presupuesta, difícilmente se protege.

La conservación de la naturaleza no debe considerarse un gasto secundario. Es una inversión en salud, seguridad hídrica, productividad, bienestar social y estabilidad económica.

Desarrollo y conservación no son conceptos enemigos

Durante demasiado tiempo se ha presentado el debate ambiental como una confrontación entre conservación y desarrollo.

Es una falsa dicotomía.

La verdadera pregunta es qué tipo de desarrollo queremos.

Un desarrollo que destruye los acuíferos sobre los que depende la agricultura no es sostenible.

Un crecimiento urbano que elimina los servicios ambientales que protegen a la propia ciudad genera vulnerabilidad.

Una actividad económica que degrada permanentemente los recursos de los que depende termina comprometiendo su propia continuidad.

El objetivo no debe ser detener el desarrollo.

Debe ser hacer que el desarrollo sea compatible con la capacidad ecológica del territorio.

La economía necesita a la naturaleza mucho más de lo que frecuentemente estamos dispuestos a reconocer.

México necesita instituciones ambientales fuertes

Una buena legislación requiere instituciones igualmente fuertes.

No podemos aspirar a una política ambiental eficaz si las autoridades responsables carecen de personal suficiente, información, tecnología, presupuesto y capacidad de vigilancia.

Tampoco podemos construir una política ambiental moderna si cada administración comienza prácticamente desde cero.

La protección ambiental debe convertirse en una política de Estado.

Los ecosistemas permanecen mucho más tiempo que los gobiernos.

Un acuífero puede tardar siglos en formarse.

Un bosque puede requerir generaciones para alcanzar su madurez.

Los procesos ecológicos no obedecen a los calendarios sexenales.

Por eso, la política ambiental necesita continuidad.

El verdadero criterio para evaluar una nueva ley

Dentro de algunos años nadie debería preguntarnos cuántos artículos tenía la legislación.

La pregunta será otra:

¿Se redujo la pérdida de biodiversidad?

¿Se protegieron los acuíferos?

¿Se conservaron los bosques?

¿Se recuperaron los ríos?

¿Se protegieron los ecosistemas costeros y marinos?

¿Se redujo la contaminación?

¿Se fortaleció la participación ciudadana?

¿Mejoró la transparencia?

¿Aumentó la capacidad de vigilancia?

¿Se restauraron los ecosistemas degradados?

¿Las instituciones tuvieron recursos suficientes?

Ese será el verdadero examen.

Porque una ley ambiental no debe medirse por la belleza de sus principios, sino por su capacidad para transformar la realidad.

Una responsabilidad con quienes todavía no tienen voz

Existe una dimensión de la política ambiental que frecuentemente olvidamos: la dimensión intergeneracional.

Las decisiones que tomamos hoy afectan a personas que todavía no han nacido.

Ellos no pueden participar en nuestros debates.

No pueden votar.

No pueden acudir a una audiencia pública.

No pueden reclamar ante un tribunal.

Pero recibirán las consecuencias de nuestras decisiones.

Por eso, la responsabilidad ambiental no termina con nuestra generación.

Tenemos la obligación ética de entregar a nuestros hijos y nietos un patrimonio natural que les permita vivir dignamente.

El medio ambiente no pertenece a un partido.

No pertenece a un gobierno.

No pertenece a una administración.

No pertenece siquiera a nuestra generación.

Es un patrimonio común y una responsabilidad colectiva.

Hagamos una reforma que México pueda defender dentro de treinta años

México tiene una oportunidad importante.

Puede construir una legislación ambiental moderna, científica, transparente, participativa y financieramente viable.

Para lograrlo, necesitamos escuchar más, discutir con mayor profundidad y utilizar la mejor evidencia científica disponible.

Necesitamos que la academia participe no solamente como espectadora, sino como fuente de conocimiento.

Necesitamos que las universidades contribuyan con investigación independiente.

Necesitamos que las comunidades sean escuchadas.

Necesitamos instituciones capaces de hacer cumplir la ley.

Y necesitamos que cada nueva obligación tenga detrás los recursos necesarios para convertirla en realidad.

No se trata de detener el desarrollo.

Se trata de evitar que el desarrollo destruya las condiciones naturales que hacen posible nuestra propia existencia.

No se trata de impedir que México avance.

Se trata de preguntarnos hacia dónde queremos avanzar.

La naturaleza no puede esperar.

Pero tampoco podemos legislar sobre ella con prisa, sin suficiente análisis o sin garantizar las capacidades necesarias para hacer cumplir lo que aprobemos.

Estamos decidiendo mucho más que el contenido de una nueva ley.

Estamos decidiendo qué relación queremos establecer con nuestro territorio, con nuestros recursos naturales y con las generaciones futuras.

Por eso, la discusión debe ser profunda, abierta y responsable.

Porque al final de cuentas, no heredamos la Tierra de nuestros padres; la recibimos temporalmente de las generaciones que todavía no nacen.

Y nuestra obligación es entregarla, cuando llegue el momento, no necesariamente intacta, pero sí viva, funcional y capaz de sostener la vida.

Lo que no se presupuesta, no se protege.

Lo que no se estudia, no se comprende.

Y lo que no se protege hoy, quizá mañana ya no pueda recuperarse.