Quienes vivimos la infancia en los años noventa conocimos una forma de relacionarnos marcada por el encuentro cara a cara, el juego compartido y una tecnología todavía incipiente. Desde entonces, nuestra manera de comunicarnos, aprender y acceder al conocimiento se ha transformado radicalmente. No se trata de idealizar el pasado, sino de preguntarnos qué hemos ganado con esa transformación y, sobre todo, cómo aprender a aprovecharla.

La tecnología ha hecho más ágiles numerosos procesos; el desafío educativo ya no consiste en decidir si utilizarla, sino en aprender a hacerlo con sentido. Las escuelas han incorporado pantallas, videos, aplicaciones y otros recursos digitales, pero disponer de tecnología no garantiza mejores aprendizajes: todo depende del uso pedagógico que hagamos de ella. La irrupción de la Inteligencia Artificial lleva esta pregunta todavía más lejos: ante herramientas capaces de responder, producir y acompañar casi instantáneamente, el reto es aprender a utilizarlas con criterio. Ante esta disponibilidad permanente, ¿cómo podemos mediar su uso de manera crítica, ética y pedagógicamente pertinente?

Sería un buen momento de reflexión. La oportunidad educativa está precisamente ahí: no en aceptar cualquier respuesta, sino en aprender a preguntar, contrastar, seleccionar y decidir qué información resulta pertinente. Pensemos entonces en la IA como un sistema digestivo de información. Una pregunta inicia la ingesta; el sistema procesa enormes cantidades de datos, descompone y reorganiza información y devuelve aquello que considera pertinente. Pero recibir nutrientes no equivale a estar bien alimentado: corresponde al usuario valorar qué incorpora, qué contrasta y qué desecha. La IA puede procesar información, pero quien debe convertirla en conocimiento es la persona. Pensamiento crítico, criterio y ética, en esta metáfora, son los elementos que permiten una verdadera nutrición tecnológica; en este sentido, como usuario de la IA se es responsable de “alimentarse” de manera sana e integral.

La capacidad humana de pensar, sentir, cuestionar y tomar decisiones sustenta toda acción ética. ¿Qué ocurriría si enseñamos una verdadera nutrición tecnológica? Así como aprendemos a distinguir qué alimentos nos nutren, niñas, niños y jóvenes necesitan aprender a reconocer qué información utilizar, contrastar o descartar, y cuándo una herramienta apoya su aprendizaje o simplemente sustituye el esfuerzo de pensar.

En 2025, Area-Moreira concreta un modelo pedagógico que nos aporta a estas ideas, centrado en el pensamiento crítico a través de Inteligencia Artificial. Este se cataloga con seis dimensiones, que muestran un ciclo de retroalimentación constante al aprendizaje: la primera, la emisión de preguntas o instrucciones, seguido de la comparación, haciendo un balance de la información de distintas fuentes. Se continúa con el diálogo crítico, donde se accede a la valoración de la información; posterior, la verificación de ideas, la reelaboración por parte del alumno, y por último, la realización de la reflexión propia a través de conclusiones. El pensamiento crítico se consolida como sinónimo de reflexión integral, de construcción a partir de conocimientos previos y su conexión con el contexto.

La IA puede también apoyar metodologías activas, la personalización del aprendizaje y el diseño de recursos ajustados a distintas necesidades educativas. Investigaciones recientes, como la de González-González, han señalado precisamente el potencial de la inteligencia artificial para transformar la enseñanza, personalizar experiencias y responder a distintas necesidades de aprendizaje.

De ahí la importancia de una nutrición tecnológica integral y transformadora. La Inteligencia artificial no tiene criterio propio, solo puede pensar según lo que devora; sin embargo, el criterio humano, desde una perspectiva valoral, de responsabilidad, autonomía y con la oportunidad de plantear límites, puede distinguir qué consumir y qué dejar. No todo lo que se sirve tiene que llegar a nuestro plato.

La inteligencia artificial no es buena o mala por sí misma, sin embargo, se corre el riesgo, como nos mencionan Castillo y otros autores en su obra del 2025, que es posible que gracias a su uso, el alumno delegue constantemente su propio pensamiento. Kharbach, en 2026, expone cómo la IA por el contrario, aporta al estudiante a un pensamiento más crítico e integral, donde evalúa respuestas, verifica información, detecta errores y decide qué sugerencias aceptar o rechazar, pero ¿puede un alumno sentirse intelectualmente satisfecho con lo que ha encontrado sin haber aprendido? El autor indica un método sencillo pero poderoso para mayor efectividad: primero, reconocer lo que ya sabemos, usarlo, evaluarlo para tomar decisiones, y tener la capacidad de volver a empezar el ciclo a través de la reflexión. Este proceso permite identificar el error como aprendizaje. El riesgo está en no seguirlo: en que se nos dé demasiada información y que nos acostumbremos a recibirla sin procesarla.

Hoy cada persona tiene la oportunidad de decidir cómo aprende y cómo enseña, sin necesariamente ser docente, para evaluar, para generar ideas, para corresponder a grandes proyectos; se puede hacer una lista del súper en el celular, y descargar todas aquellas aplicaciones que hacen falta en la alacena, pero es importante revisar los sellos, la nutrición, lo que aporta. No se trata de cerrar la puerta a la IA, sino de conservar la llave: la capacidad de decisión. Tener acceso abierto, no significa que se debe aceptar todo.