Estudiaron más que nadie. Ganan menos de lo que esperaban.
Durante décadas, la fórmula parecía infalible.
Los padres la repetían a sus hijos. Los maestros la enseñaban en las aulas. Los gobiernos la promovían como política pública. Las universidades la utilizaron como argumento de venta.
Estudia.
Prepárate.
Aprende idiomas.
Obtén una licenciatura.
Haz una maestría.
Especialízate.
Y tendrás una vida mejor.
Sin embargo, algo ocurrió en el camino.
Hoy estamos viendo surgir una generación que hizo exactamente todo lo que se le pidió hacer y que, aun así, enfrenta enormes dificultades para acceder a la estabilidad económica que tuvieron sus padres. Una generación que acumuló títulos, certificaciones, posgrados y competencias digitales, pero que encuentra un mercado laboral incapaz de recompensar ese esfuerzo en la misma proporción.
La paradoja es tan evidente como preocupante: nunca hubo tantos profesionistas y nunca tantos profesionistas se sintieron tan inseguros sobre su futuro.
El triunfo de la educación… y el fracaso del mercado laboral
Durante los últimos treinta años, México apostó por ampliar el acceso a la educación superior. Miles de familias hicieron sacrificios extraordinarios para enviar a sus hijos a la universidad.
Y funcionó.
Hoy existen más universitarios que en cualquier otro momento de nuestra historia. Pero el mercado laboral no evolucionó al mismo ritmo.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha advertido que cerca del 50 por ciento de los universitarios mexicanos termina trabajando en actividades que no requieren estudios superiores. En otras palabras, uno de cada dos profesionistas ocupa puestos para los cuales una licenciatura no era estrictamente necesaria.
No significa que sean malos trabajadores.
Significa que la economía no está generando suficientes empleos de alta productividad para absorber el talento que las universidades producen año tras año.
El resultado es una sobreoferta de profesionistas compitiendo por un número insuficiente de plazas bien remuneradas.
La inflación académica
Hace treinta años, una licenciatura distinguía a una persona.
Hace veinte años, una maestría abría puertas.
Hoy, en muchos sectores, ambos requisitos son apenas el boleto de entrada para competir por empleos que ofrecen salarios modestos y pocas oportunidades de crecimiento.
Lo que antes era una ventaja competitiva se ha convertido en un requisito básico.
Por eso vemos jóvenes que hablan inglés, manejan software especializado, cuentan con certificaciones internacionales y poseen estudios de posgrado, compitiendo por posiciones que hace apenas dos décadas requerían únicamente experiencia laboral.
La preparación académica aumentó. Pero los salarios no.
Y cuando el valor de mercado de una credencial disminuye porque millones de personas poseen la misma, aparece lo que algunos economistas llaman inflación educativa: cada vez se necesita estudiar más para obtener resultados similares.
Los salarios perdieron la carrera
Quizá el dato más alarmante sea el relacionado con los ingresos.
Mientras los jóvenes acumularon títulos y habilidades, los salarios profesionales prácticamente dejaron de crecer.
Un análisis reciente basado en información del INEGI, el CEEY y la Conasami encontró que entre 2018 y 2025 los salarios reales de los profesionistas mexicanos apenas crecieron en promedio 0.07 por ciento anual. En el caso de quienes tienen posgrado incluso se observaron retrocesos en términos reales.
La cifra resulta todavía más preocupante cuando se compara con la inflación.
Entre finales de 2017 y 2025 los precios aumentaron aproximadamente 48 por ciento, mientras miles de profesionistas vieron sus ingresos prácticamente congelados.
Traducido al lenguaje cotidiano: trabajan más, tienen más experiencia, más responsabilidades y más conocimientos, pero su dinero compra menos.
Mucho menos.
La casa que se volvió inalcanzable
Las consecuencias son visibles en la vida diaria.
Los padres de esta generación pudieron comprar una vivienda relativamente jóvenes. Muchos lo hicieron antes de cumplir los 35 años. Algunos incluso sosteniendo un hogar con un solo ingreso.
Hoy la situación es completamente distinta. Para miles de profesionistas jóvenes, adquirir una vivienda se ha convertido en una meta que parece alejarse cada año. El valor de los inmuebles ha crecido mucho más rápido que los salarios.
Las tasas de interés, los costos de urbanización y el encarecimiento del suelo han generado una realidad que hace apenas una generación parecía impensable: profesionistas con licenciatura, maestría y empleo formal que no califican para comprar una vivienda adecuada.
Por primera vez en décadas, muchos hijos descubren que tendrán mayores dificultades para convertirse en propietarios que las que enfrentaron sus padres.
Y eso tiene profundas implicaciones sociales.
Porque una casa no es solamente un techo.
Es patrimonio.
Es seguridad.
Es movilidad social.
Es estabilidad familiar.
Trabajar en lo que no se estudió
Otro fenómeno se ha vuelto cada vez más común. Ingenieros trabajando en ventas. Abogados dedicados a actividades administrativas. Diseñadores convertidos en operadores comerciales. Comunicólogos desempeñando funciones ajenas a su formación. Psicólogos laborando en áreas que poco tienen que ver con su especialidad.
La OCDE estima que más de una cuarta parte de los universitarios mexicanos termina además en la informalidad.
La frustración es comprensible.
No porque exista algo indigno en esos trabajos, sino porque detrás de cada profesionista hay años de inversión económica, sacrificios familiares, esfuerzo académico y expectativas de desarrollo.
Cuando la sociedad invierte enormes recursos en formar capital humano que después no puede aprovechar, pierde el individuo, pierde la economía y pierde el país.
El espejismo del mérito
Durante mucho tiempo creímos que el mérito era suficiente. Que quien estudiaba más inevitablemente llegaría más lejos. La realidad contemporánea es más compleja. El esfuerzo sigue siendo indispensable. Pero ya no garantiza los resultados que garantizaba antes.
La diferencia es fundamental.
Una persona sin preparación enfrenta enormes obstáculos para prosperar. Pero una persona altamente preparada tampoco tiene asegurado el ascenso económico. El problema ya no es únicamente educativo.
Es estructural.
Tiene que ver con productividad, inversión, innovación, crecimiento económico y generación de empleos especializados. Una economía puede graduar miles de ingenieros cada año.
Pero si no crea industrias capaces de emplearlos, esos ingenieros terminarán compitiendo por puestos de menor valor agregado.
Y cuando eso ocurre de forma masiva, los salarios se deprimen para todos.
Una generación atrapada entre expectativas y realidad
Quizá el mayor riesgo no sea económico. Quizá sea emocional. Millones de jóvenes crecieron escuchando que la educación era la llave de la prosperidad. Y descubrieron que la puerta ya no se abre tan fácilmente.
Muchos hicieron todo correctamente.
Estudiaron.
Se capacitaron.
Aprendieron idiomas.
Aceptaron prácticas profesionales.
Obtuvieron certificaciones.
Construyeron currículums impecables.
Y aun así descubren que el nivel de vida de sus padres parece cada vez más difícil de alcanzar.
No estamos frente a una generación perezosa.
Estamos frente a una generación que hizo lo que le dijeron que debía hacer y que ahora enfrenta reglas distintas a las que enfrentaron quienes la educaron.
El desafío de nuestro tiempo
La solución no consiste en estudiar menos. Tampoco en despreciar la educación superior.
Al contrario.
La educación sigue siendo la mejor herramienta de movilidad social disponible. Pero ya no basta por sí sola.
México necesita una economía capaz de generar empleos acordes con el talento que produce. Necesita más innovación, más tecnología, más industrias de alto valor agregado y más productividad. Porque el verdadero problema no es que existan demasiados jóvenes preparados.
El verdadero problema es que estamos formando una generación para un futuro que todavía no hemos sido capaces de construir. Y cuando una sociedad produce a la generación más educada de su historia pero no puede ofrecerle oportunidades equivalentes, no solamente desperdicia títulos universitarios.
Desperdicia talento. Desperdicia expectativas.
Y corre el riesgo de perder algo todavía más valioso: la confianza de toda una generación en que el esfuerzo sigue valiendo la pena.