“El mayor problema de una democracia no es que los jóvenes no voten. Es que hayan dejado de creer que la política puede cambiar algo en sus vidas”.

Cada proceso electoral deja un dato que suele ocupar titulares durante unos cuantos días: la baja participación de los jóvenes en las urnas. Analistas, dirigentes partidistas y candidatos lamentan la cifra, prometen estrategias para atraer el voto juvenil y, una vez terminada la elección, el tema desaparece hasta el siguiente proceso.

Sin embargo, la verdadera preocupación va mucho más allá del porcentaje de participación electoral.

La abstención es apenas el síntoma visible de un fenómeno mucho más profundo: millones de jóvenes mexicanos han dejado de considerar la política como un espacio donde vale la pena invertir tiempo, esperanza o energía.

No estamos hablando de quienes participan en partidos políticos, organizaciones civiles, colectivos estudiantiles o movimientos sociales. Ellos existen y cumplen una función indispensable en la democracia. El verdadero desafío está en el enorme universo de jóvenes que simplemente decidieron mirar hacia otro lado.

No protestan. No participan. No militan. No votan.

Pero tampoco encuentran en la política respuestas para sus preocupaciones más cotidianas.

Y ese silencio debería preocuparnos mucho más que cualquier resultado electoral.

Treinta y un millones de voces que casi nadie escucha

México vive uno de los momentos demográficos más importantes de su historia.

De acuerdo con el INEGI, el país cuenta con 31 millones de personas entre los 15 y los 29 años, lo que representa 23.8 por ciento de toda la población nacional.

Es decir, prácticamente uno de cada cuatro mexicanos pertenece a este grupo generacional. Nunca antes una generación había tenido semejante peso demográfico.

Nunca antes tantos jóvenes habían tenido la posibilidad de modificar el rumbo político, económico y social del país. Paradójicamente, nunca habían estado tan distantes de quienes toman las decisiones públicas.

La política habla constantemente de los jóvenes. Los jóvenes, en cambio, hablan cada vez menos de la política. Y esa diferencia dice mucho.

Los números también hablan en las urnas

Los estudios del Instituto Nacional Electoral posteriores a la elección federal de 2024 muestran una constante que viene repitiéndose desde hace varios procesos electorales: los niveles más bajos de participación corresponden a los ciudadanos de entre 20 y 29 años, muy por debajo de los adultos mayores.

Paradójicamente, el mismo INE reconoce que las personas de 18 a 29 años representan cerca del 30 por ciento de la Lista Nominal de Electores.

En otras palabras, el grupo con mayor potencial para definir elecciones termina siendo, con frecuencia, el menos presente en las casillas. Pero sería un error interpretar estos números como simple apatía.

Reducir el fenómeno a la frase “los jóvenes no quieren votar” resulta tan cómodo como superficial. La verdadera pregunta debería formularse al revés.

¿Por qué millones de jóvenes sienten que votar ya no cambia demasiado?

No es indiferencia; es una crisis de confianza

Durante décadas la política fue presentada como el instrumento capaz de transformar la realidad. Hoy, para muchos jóvenes, esa promesa perdió credibilidad. Crecieron viendo campañas permanentes.

Escucharon promesas que nunca llegaron. Presenciaron escándalos de corrupción de prácticamente todos los colores partidistas. Observaron gobiernos que cambiaban de discurso, pero muchas veces no de resultados.

Mientras tanto, sus propias preocupaciones evolucionaron. Hoy hablan de salud mental. Del costo imposible de una vivienda. De empleos mal remunerados. Del emprendimiento. Del cambio climático. De inteligencia artificial. De movilidad. De violencia digital. De igualdad de oportunidades.

Sin embargo, buena parte del debate político continúa atrapado en la lógica de siempre: descalificaciones, confrontaciones, campañas permanentes y narrativas pensadas para generaciones que crecieron consumiendo medios tradicionales.

El lenguaje dejó de coincidir con las preocupaciones.

Y cuando eso ocurre, la conversación simplemente termina.

Los partidos siguen buscando jóvenes… sin entenderlos

Cada elección aparece la misma estrategia. Más candidatos jóvenes. Más publicaciones en redes sociales. Más videos en TikTok. Más influencers. Como si cambiar el formato fuera suficiente para recuperar una conversación perdida.

Pero el problema nunca ha sido tecnológico. Es profundamente político. Los jóvenes no necesariamente buscan representantes de su misma edad. Buscan autenticidad. Buscan causas. Buscan coherencia. Buscan resultados.

Es cierto que una representación generacional puede acercar posiciones, pero tampoco existe un pensamiento único entre quienes hoy tienen veinte años.

Y eso, lejos de ser un problema, es una fortaleza democrática. No hay una sola juventud. Hay muchas juventudes. Las urbanas y las rurales. Las universitarias y quienes trabajan desde adolescentes. Las que emprenden. Las que emigran. Las que viven conectadas. Las que apenas tienen acceso a internet.

Pretender que todas respondan al mismo discurso político resulta tan ingenuo como pensar que un solo candidato puede representar todas esas realidades.

La política dejó de preguntar

Quizá el mayor error de nuestra democracia ha sido asumir que conoce perfectamente a los jóvenes. Pero hace mucho tiempo dejó de escucharlos. La mayoría de las campañas hablan para ellos. Muy pocas hablan con ellos. Y existe una diferencia enorme.

Los jóvenes difícilmente encuentran espacios donde expresar qué esperan del Estado, cómo imaginan la educación del futuro, qué tipo de empleos desean, cómo entienden la libertad, qué opinan sobre la tecnología o cuáles consideran los verdaderos desafíos de su generación.

La política sigue ofreciendo respuestas a preguntas que ellos ya no hacen.

Mientras tanto, las preguntas realmente importantes permanecen sin respuesta.

Una democracia también envejece

Cuando una generación se desconecta de la vida pública, el problema no pertenece únicamente a esa generación. Pertenece a toda la democracia. Porque las decisiones continúan tomándose. Los presupuestos siguen aprobándose. Las leyes continúan modificándose. Las ciudades siguen creciendo. Los impuestos continúan cobrándose.

La diferencia es quién participa en esas decisiones y quién simplemente vive sus consecuencias. Una democracia donde participan sobre todo los mayores termina diseñando políticas para los mayores.

No por mala voluntad.

Sino porque son quienes permanecen presentes en la conversación pública. La ausencia también produce representación. Solo que en sentido contrario.

La gran tarea pendiente

Quizá la política mexicana debería dejar de preguntarse cómo convencer a los jóvenes de votar. Primero tendría que preguntarse por qué dejaron de sentirse convocados. La diferencia parece pequeña.

En realidad, cambia completamente el enfoque. No se trata de diseñar campañas más modernas. Se trata de construir instituciones más creíbles. No basta con abrir cuentas en nuevas plataformas.

Hace falta abrir espacios reales de participación. No alcanza con postular candidatos jóvenes. Es indispensable incorporar agendas jóvenes.

Porque el problema no consiste en que una generación haya perdido interés en la política.

El verdadero riesgo es que la política haya perdido la capacidad de ser relevante para la generación que definirá el México de las próximas décadas.

Y cuando eso ocurre, las urnas dejan de ser el principal problema. Lo verdaderamente preocupante es el silencio. Un silencio de millones de jóvenes que no gritan, no protestan, no participan y tampoco encuentran motivos para hacerlo.

Romper ese silencio no es responsabilidad exclusiva de ellos. Es, sobre todo, una tarea pendiente de la política. Porque una democracia no se debilita únicamente cuando baja la participación electoral.

Comienza a debilitarse cuando la generación más numerosa del país deja de creer que vale la pena formar parte de ella.