Segunda parte
Quizá uno de los conceptos más originales de Magnifica Humanitas sea el de la “empatía artificial”.
Vivimos un momento en el que millones de personas conversan todos los días con sistemas de inteligencia artificial. Les preguntan qué hacer, les cuentan sus problemas, les piden consejos sentimentales, profesionales o incluso existenciales. En apariencia, las respuestas son cálidas, comprensivas y oportunas. Parecen humanas.
Pero León XIV invita a mirar más allá de esa apariencia.
La encíclica recuerda que la denominada empatía de la IA “es más bien una adaptación estadística a partir de los datos y retroalimentaciones… que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior”. Es decir, la máquina no comprende el sufrimiento; identifica patrones lingüísticos asociados al sufrimiento y responde conforme a ellos. No siente compasión; calcula cuál es la respuesta con mayor probabilidad de resultar útil o reconfortante.
La diferencia puede parecer filosófica.
En realidad, es profundamente humana.
La empatía verdadera transforma tanto a quien escucha como a quien habla. Nace de la experiencia compartida, del dolor conocido, de la capacidad de ponerse en el lugar del otro porque antes alguien estuvo en el nuestro.
Ningún algoritmo ha llorado. Ningún algoritmo ha perdido un hijo. Ningún algoritmo ha sentido miedo frente a un diagnóstico médico o incertidumbre ante el desempleo.
Puede describir todas esas experiencias con extraordinaria precisión, pero jamás vivirlas. Y esa distancia es la que separa el cálculo de la conciencia.
El peligro no es hablar con una máquina.
Uno de los pasajes más provocadores del capítulo tercero afirma que “la imitación artificial de la relación de cuidado o de acompañamiento puede ser peligrosa cuando se introduce en un contexto de relaciones y afectos reales; entonces el riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo de buscar al otro”.
La advertencia es extraordinaria.
Durante años imaginamos que el problema sería que las personas confundieran una máquina con un ser humano.
El Papa plantea exactamente lo contrario.
El verdadero peligro es que dejemos de buscar a los seres humanos porque resulta más sencillo relacionarnos con una inteligencia artificial que nunca nos contradice, nunca nos juzga, nunca se cansa y siempre está disponible.
La comodidad tecnológica puede terminar sustituyendo el esfuerzo que exige cualquier relación auténtica. Y toda relación humana exige tiempo.
Exige paciencia. Exige aceptar diferencias. Exige perdonar. Exige crecer. Nada de eso puede automatizarse.
No deja de ser paradójico que, en una época donde jamás habíamos estado tan conectados digitalmente, la Organización Mundial de la Salud haya identificado la soledad como uno de los grandes desafíos para la salud pública del siglo XXI. En numerosos países, especialmente entre jóvenes y adultos mayores, el aislamiento social ya tiene efectos comparables a otros factores de riesgo para la salud física y mental. Aquí los datos:
- Se estima que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad no deseada,
- Si hablamos de juventud, entre el 17 y 21 por ciento, de los adolescentes y jóvenes (de 13 a 29 años) reportan sentirse solos, a nivel mundial.
- El impacto de la soledad entre 2014 y 2019, se asoció a más de 871 mil muertes anuales también a nivel global.
En México
- En adultos mayores: cerca de 1.7 millones de personas de 60 años o más viven solas, lo que representa un 11.4 a 12.3 por ciento de este sector.
- Prevalencia en mayores: Según datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, uno de cada dos adultos mayores que viven solos manifiesta sentir soledad.
- Jóvenes: El 31.1 por ciento de las mujeres jóvenes y el 20.2 por ciento de los hombres jóvenes enfrentan sentimientos de soledad, impulsados en gran medida por la percepción de menor número de amistades deseadas.
Y aunque la IA no es culpable de todo esto, este es el escenario en el que le toca interactuar. La tecnología acerca pantallas. Pero solo las personas pueden construir comunidad.
El nuevo desafío ético
La inteligencia artificial no es buena ni mala por sí misma. Como toda herramienta, depende de los fines para los cuales sea utilizada. Puede ayudar a detectar cánceres con mayor precisión. Puede anticipar desastres naturales. Puede optimizar el consumo energético. Puede acelerar el descubrimiento de nuevos medicamentos. Puede hacer más eficiente la agricultura. Puede reducir accidentes industriales.
Pero también puede convertirse en un instrumento para manipular elecciones, producir campañas masivas de desinformación, fabricar imágenes falsas prácticamente indistinguibles de la realidad, vigilar poblaciones enteras o profundizar desigualdades sociales.
Por ello, León XIV insiste en que la revolución tecnológica necesita una revolución moral. No basta con preguntarnos qué puede hacer la inteligencia artificial.
Debemos preguntarnos qué debe hacer.
Y, sobre todo, quién asume la responsabilidad cuando una decisión automatizada perjudica la vida de una persona.
La ética no puede programarse como una línea más de código.
Es una tarea permanente de la conciencia humana.
La inteligencia que no puede programarse
Existe una idea que atraviesa todo el capítulo tercero y que merece convertirse en una de las grandes discusiones de nuestro tiempo. La inteligencia no es únicamente capacidad para resolver problemas. También implica comprender el sentido de las decisiones.
La IA calcula. El ser humano delibera.
La IA predice. El ser humano elige.
La IA optimiza. El ser humano ama.
La IA aprende de millones de datos. El ser humano aprende también del fracaso, del sufrimiento, de la esperanza y del encuentro con los demás.
Por eso ninguna máquina posee prudencia, virtud que Aristóteles definía como la capacidad de elegir el bien en circunstancias concretas.
La prudencia nace de la experiencia.
La experiencia nace de la vida.
Y la vida no puede descargarse desde un servidor.
La gran lección de León XIV
Quizá dentro de varias décadas esta encíclica sea recordada no por haber hablado de inteligencia artificial, sino por haber recordado algo que la humanidad estaba empezando a olvidar.
Que la persona vale infinitamente más que cualquier tecnología que ella misma sea capaz de construir.
León XIV no teme a la innovación. Tampoco propone detener el desarrollo científico. Su mensaje es mucho más exigente.
Nos recuerda que cada avance tecnológico debe ir acompañado por un crecimiento proporcional de nuestra responsabilidad ética. Porque una sociedad capaz de producir inteligencias artificiales extraordinarias, pero incapaz de proteger la dignidad humana, no habrá progresado realmente.
Habrá sofisticado sus herramientas mientras empobrece su conciencia.
La última frontera
Hace ciento treinta y cinco años, León XIII publicó Rerum Novarum para recordar al mundo industrial que el trabajador nunca podía convertirse en una pieza más de la máquina.
Hoy, en plena revolución digital, León XIV actualiza aquella enseñanza para advertirnos que tampoco podemos convertirnos en una extensión del algoritmo.
La inteligencia artificial ha llegado para quedarse.
Sería absurdo negarlo.
También sería irresponsable rechazar una tecnología que promete avances extraordinarios para la medicina, la educación, la investigación científica, la industria y prácticamente todas las actividades humanas.
Pero su éxito no deberá medirse por la cantidad de tareas que logre automatizar. Su verdadero éxito dependerá de cuánto contribuya a hacer mejores personas y mejores sociedades.
Porque la inteligencia artificial podrá ayudarnos a pensar más rápido. Podrá ayudarnos a producir más. Podrá ayudarnos a descubrir aquello que antes permanecía oculto.
Lo que jamás podrá hacer es enseñarnos por qué vale la pena vivir, por qué una vida humana tiene un valor absoluto o por qué el amor, la amistad, la compasión y la esperanza siguen siendo los pilares invisibles sobre los que descansa toda civilización.
Ese territorio continúa siendo exclusivamente humano.
Y mientras exista un hombre capaz de elegir el bien sobre el mal, de sacrificarse por otro, de crear belleza, de perdonar una ofensa o de amar sin esperar recompensa, habrá una inteligencia que ninguna máquina podrá igualar.
La inteligencia artificial representa una de las mayores conquistas de nuestra historia. Pero la mayor conquista seguirá siendo la misma que hace dos mil años, hace dos siglos y hace apenas unas horas: La capacidad del ser humano para ejercer su libertad con responsabilidad, poner la tecnología al servicio de la vida y recordar que el progreso solo merece ese nombre cuando hace crecer, al mismo tiempo, el conocimiento y la humanidad.