Nos hemos preguntado realmente ¿por qué tendríamos que apoyar la iniciativa de ‘La escuela te extraña’? Este programa del gobierno iniciado recientemente como parte de la política para disminuir el abandono o deserción escolar ha causado en muchos agrado, y en otros indignación, pero ¿por qué estos extremos? ¿cuál pudiera ser el sustento de generar este tipo de programas?

El gobierno puede dar sus razones válidas de cómo esta política educativa y social beneficiará a la sociedad, pero quienes necesitamos estar convencidos de ello somos los ciudadanos. Poco se podrá hacer si nosotros no visualizamos a futuro los beneficios que tiene tanto para nuestras familias como para la comunidad apoyar esta iniciativa. A escasos meses de iniciado el programa, las ventajas a corto plazo se han dejado ver, pues de cada 100 alumnos que habían desertado, se rescataron 6; aparentemente son pocos, pero si tomamos en cuenta que se está tratando de que no pase desapercibida la ausencia del joven, que sepa que es importante y en verdad se les extraña, vale la pena reconocer el esfuerzo. Por otro lado, dicen los expertos que para ver resultados a mediano plazo se requiere que dentro de las mismas escuelas se establezcan redes afectivas y se favorezca la resolución de conflictos de manera pacífica y eficiente.

Si volteamos a ver un poco desde nuestras experiencias cercanas ¿qué pasa con los jóvenes que se ausentan de la escuela por días, semanas y hasta meses? Es claro que notaremos que no quieren regresar, que se dificulta convencerlos de que si vuelven les será útil para toda su vida. Sin embargo, en el mejor de los casos se pondrán a trabajar, y los que no, se complica saber las opciones por las que optarán. Aun así, hemos de asegurarnos que alcancen a ver que tienen otras oportunidades, pues de no ser así, se vuelven jóvenes en situación vulnerable o como dicen, un blanco fácilmente manipulable.

Por ejemplo, específicamente en Sonora, de cada 100 niñas y niños que inician su educación primaria, solamente 26 logran terminar su carrera universitaria. Tristemente, así ha sido. Se ha identificado que cuando los padres, madres u otros miembros de la familia se involucran en la vida académica de los jóvenes y en sus actividades escolares, hay mayor motivación para continuar la educación, por lo que el apoyo familiar es uno de los mejores predictores para que los hijos se desempeñen satisfactoriamente en su vida.

Le sorprenderá saber que se ha encontrado que el simple hecho de que un joven vaya a la escuela reduce el riesgo de que sufra enfermedades físicas, emocionales y cause menos problemas sociales. La asistencia a la escuela es entonces un factor de protección.

Por lo pronto, no está fuera de nuestro alcance el identificar en qué momento de la vida los jóvenes abandonan sus estudios, la mayoría de ellos los deja a partir de la educación secundaria y la preparatoria, quedando muy pocos aspirantes para continuar sus estudios universitarios. Un joven que abandona sus estudios, independientemente si fue cualquiera de estos últimos niveles, se pone en una situación de riesgo que es necesario atender.

Ahora, pensemos lo que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) nos refiere sobre diversos estudios internacionales, donde los factores de protección más fuertes para prevenir el consumo de drogas se encuentran primeramente en la familia, seguido de las acciones de prevención que brinda el centro educativo. Además de ello, la escuela ofrece al joven un espacio para crear lazos afectivos, amistades duraderas que favorecen el autocuidado y, ¿por qué no?, sentirse ‘apapachado’ o cuidado por otros de su misma edad, favoreciendo así su sentido de pertenecer a ese espacio y tiempo. Evitemos juzgar a los jóvenes que abandonan la escuela. Los expertos han encontrado que precisamente los que se van, han experimentado exclusión por parte de sus compañeros, necesidad de trabajar a temprana edad, posible violencia familiar o la lejanía de la preparatoria de sus lugares de origen. Un joven que vuelve a la escuela recibe un mensaje potente que favorece su autonomía y su autoestima.

Es así como nuestros jóvenes están expuestos a tener que sortear distintas situaciones que los ponen en riesgo, ¿y cómo hacerles ver que esas situaciones los obligan a adentrarse en prácticas que no le benefician a largo plazo a él o ella y por consecuencia a la sociedad? Es aquí donde la educación que se recibe en la escuela, en casa y en los espacios sociales entra en acción para prevenir que nuestros jóvenes vean su futuro truncado.

Retomando lo que dice un gran investigador de las emociones, Rafael Bisquerra, en la escuela y en casa, se aprenden emociones que a la larga nos benefician socialmente, como el respeto, la escucha atenta y sobre todo a expresar afecto. Nos dice que una educación que solo atiende lo intelectual e ignora lo emocional, no favorece el bienestar como derecho y necesidad social.

Como adultos que somos y que a la vez formamos parte de una familia inmediata, cercana y extensa debemos saber que, mientras más tiempo apoyemos a los niños y niñas de nuestra sangre para continuar la escuela, menos tiempo tienen para involucrarse en alguna actividad que implique algún delito. La escuela no solo ayudará a nuestros jóvenes a sostenerse mejor económicamente, también promueve un país con paz, tranquilidad y estabilidad, entonces ¿por qué no apoyar esta iniciativa?