A finales del siglo XVIII, los oficiales militares en Sonora promovieron políticas diplomáticas con grupos indígenas sometidos al dominio colonial, como los apaches. Estas negociaciones se adhirieron, hasta cierto punto, con los rituales y las prácticas indígenas. Un ejemplo de esta tendencia se observa en el ritual que llevaron a cabo los apaches gileños, conocido como la ceremonia contra el enemigo, o la ceremonia del arma, que implicaba invocar poderes sobrenaturales a través de canciones y oraciones. Los apaches utilizaban este ritual para prepararse para la guerra, pues creían que su práctica les brindaría protección para evitar ser heridos por las balas de los enemigos, de tal forma que no lograran atinar al blanco o que sus armas se atoraran al ser disparadas. No obstante, este ritual también se utilizó para la diplomacia.

Para fines de abril de 1787, un líder apache gileño de gran prominencia, llamado Asquegoca, acampaba con su ranchería en la Sierra de las Cabezas, al norte de la provincia de Sonora, cuando sus guerreros se toparon con las tropas españolas y ópatas del capitán Domingo Vergara. Durante ese incidente, dos gileños que vestían un atuendo hecho de plumas y muñecos llegaron a dialogar con Vergara y le notificaron que, a través de sus rituales, lograrían hacer que las armas de fuego de los españoles se atrofiaran al ser disparadas. Vergara les aceptó el reto y ofreció darles todos los caballos que traía si desempeñaban su ritual de forma exitosa. A pesar del escepticismo entre los oficiales españoles y sus prejuicios hacia este ritual, los soldados registraron e informaron a sus superiores sobre este ritual. Esto sugiere que ellos estaban consientes de la importancia simbólica de esta ceremonia entre los apaches y curiosos por saber más sobre esta práctica.

El día siguiente, los gileños propusieron que matarían a uno de sus propios hombres y que luego lo resucitarían. La curiosidad hizo que Vergara aceptara el reto y de nuevo ofreció regalos a los apaches a cambio de ser entretenido por este espectáculo. Les entregó ocho cajas de cigarros, los gileños los fumaron, y sus chamanes danzaron y cantaron para producir con sus rituales que las balas de las armas españolas no traspasaran los cuerpos humanos ni los chalecos de piel de venado que ellos mismos colocarían. Sin embargo, en lugar de asesinar a uno de sus hombres, los apaches colocaron varios muñecos vestidos con esos chalecos, adornados de plumas. Bajo órdenes del capitán Vergara, los soldados dispararon tres veces a distancia de 25 pasos. Las balas hicieron tantos agujeros que destrozaron los chalecos y los muñecos. Las expectativas y resultados de la ceremonia generaron tensión entre los gileños, pero al final del ritual accedieron a entrar en negociaciones diplomáticas con los oficiales coloniales. Las negociaciones diplomáticas, como esta, formaron parte del lenguaje diplomático mediante el cual los españoles interactuaron con los grupos indígenas no sometidos.

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