Hay una frase que se ha repetido hasta convertirse casi en un lugar común: “los datos son el nuevo petróleo”.

La comparación es poderosa, aunque incompleta.

El petróleo fue durante más de un siglo uno de los grandes motores de la economía mundial. Quien controlaba los yacimientos, los oleoductos, las refinerías y las rutas de distribución tenía una enorme capacidad económica y geopolítica.

Hoy está ocurriendo algo parecido, pero con una materia prima mucho más extraña: nosotros mismos.

Cada búsqueda que hacemos, cada fotografía que subimos, cada ubicación que compartimos, cada compra que realizamos, cada video que vemos, cada conversación que mantenemos con una aplicación y cada segundo que permanecemos mirando una pantalla deja una huella.

Y esas huellas, acumuladas por millones y miles de millones de personas, tienen un valor extraordinario.

El verdadero negocio de muchas de las grandes compañías tecnológicas no consiste únicamente en vender tecnología.

Consiste en conocer al usuario. Y conocerlo cada vez mejor.

El tamaño de la vida digital

Para comprender la dimensión del fenómeno basta mirar algunos números.

En abril de 2026 había aproximadamente seis mil 120 millones de personas conectadas a internet en el mundo, equivalentes al 73.8 por ciento de la población mundial. Al mismo tiempo, había alrededor de cinco mil 790 millones de identidades activas en redes sociales, casi siete de cada diez habitantes del planeta.

No hablamos entonces de una pequeña parte de la humanidad.

Hablamos de la mayoría.

Y el teléfono celular se ha convertido en la gran puerta de entrada a ese universo. El 96.2 por ciento de los usuarios de internet en el mundo utiliza un teléfono móvil para conectarse al menos parte del tiempo.

El teléfono sabe dónde estamos. La aplicación sabe qué buscamos. La plataforma sabe qué nos interesa. El comercio electrónico sabe qué compramos. El buscador sabe qué queremos conocer. El algoritmo puede inferir qué nos preocupa.

Y la inteligencia artificial comienza a tener la capacidad de relacionar todas esas piezas.

Ahí aparece el verdadero salto cualitativo. Antes teníamos información dispersa. Ahora tenemos sistemas capaces de convertir esa información dispersa en un perfil.

El negocio no es solamente la tecnología

Cuando vemos a las grandes empresas tecnológicas solemos pensar que su poder proviene de sus productos. De los teléfonos. De los buscadores. De las redes sociales. De la nube. De los chips. De la inteligencia artificial.

Pero detrás de todo eso hay algo más profundo: infraestructura, información y capacidad de procesamiento.

El ranking bursátil actual resulta revelador. NVIDIA ronda los 5.56 billones de dólares de capitalización, Apple los 4.69 billones, Alphabet los 4.10 billones, Microsoft los 3.71 billones y Amazon los 2.77 billones.

Son cifras que ayudan a entender el cambio histórico.

Las compañías que dominan buena parte de la economía mundial ya no son solamente las que extraen materias primas o fabrican bienes físicos.

Son las que controlan plataformas, sistemas operativos, nubes, buscadores, chips, redes, inteligencia artificial y enormes cantidades de información.

NVIDIA es un ejemplo particularmente interesante.

Su poder actual no deriva de tener millones de usuarios entregándole directamente fotografías, búsquedas o conversaciones. Su posición estratégica está en otro lugar: proporcionar buena parte de la capacidad de cómputo que permite procesar esos datos y construir inteligencia artificial.

El informe 2026 de Stanford señala que la capacidad mundial de cómputo para IA creció 3.3 veces por año desde 2022 y llegó a 17.1 millones de equivalentes H100. NVIDIA representa más del 60 por ciento de esa capacidad.

Es decir: el poder no está solamente en poseer datos.

Está en tener la capacidad para convertirlos en conocimiento útil, predicciones y decisiones.

La intimidad dejó de ser solamente nuestra

Aquí comienza la parte incómoda. Durante mucho tiempo pensamos que la privacidad significaba proteger aquello que no queríamos que otros conocieran. Una conversación. Una fotografía. Una dirección. Una cuenta bancaria. Una historia médica.

Pero el problema actual es mucho más complejo. Porque quizá nadie necesita conocer explícitamente nuestro secreto.

Puede bastar con inferirlo.

Una plataforma puede no preguntarnos directamente si estamos preocupados por nuestra salud, si tenemos problemas económicos, si estamos atravesando una crisis emocional o si estamos interesados en determinado producto.

Puede deducirlo a partir de nuestro comportamiento.

Y ahí está uno de los grandes desafíos de nuestra época.

La FTC (Federal Trade Commission) de Estados Unidos publicó en 2024 un informe sobre nueve grandes empresas de redes sociales y video. Encontró prácticas de vigilancia a gran escala para monetizar información personal, recopilación y retención masiva de datos y controles de privacidad considerados insuficientes. También señaló que algunas compañías podían conservar información durante periodos indefinidos y utilizar datos provenientes de corredores de información, incluso respecto de personas que no eran usuarios directos de sus plataformas.

La frase más inquietante quizá sea ésta:

No hace falta que usted entregue toda su información voluntariamente para que una organización pueda construir información sobre usted.

El algoritmo conoce nuestros hábitos

El problema tampoco termina en la publicidad. El modelo de negocio puede avanzar hacia algo mucho más sofisticado: la predicción del comportamiento.

Si una empresa sabe qué compramos, dónde vivimos, cuánto gastamos, qué páginas visitamos, qué contenidos consumimos y qué personas seguimos, puede construir modelos estadísticos sobre nuestras preferencias.

Y cuanto más datos acumula, mejores pueden ser las predicciones.

Incluso puede utilizarse información personal para establecer precios diferenciados.

La propia FTC abrió una investigación sobre las llamadas prácticas de “surveillance pricing”, en las que empresas utilizan información sobre características y comportamiento de los consumidores, incluidos datos de ubicación, demográficos, historial crediticio, navegación o compras, para categorizar personas y potencialmente establecer precios dirigidos individualmente.

Esto cambia la pregunta.

Ya no es solamente: ¿Qué sabe una empresa de mí?

La pregunta comienza a ser: ¿Qué decisiones puede tomar sobre mí gracias a lo que sabe?

Y entonces llegó la inteligencia artificial

La inteligencia artificial cambia todavía más las reglas del juego. Porque una cosa es almacenar millones de datos. Otra muy diferente es tener máquinas capaces de analizarlos, relacionarlos y encontrar patrones.

Stanford advierte que los modelos de inteligencia artificial se entrenan con cantidades gigantescas de información y que existen problemas importantes alrededor de la procedencia, licencias y gobernanza de esos datos. Un análisis citado por su AI Index encontró que más del 70 por ciento de ciertos conjuntos de datos utilizados para entrenamiento carecían de información adecuada sobre sus licencias.

La IA necesita datos. Pero también puede producir nuevos datos sobre nosotros. Y puede hacerlo a una velocidad que ningún ser humano podría igualar.

Ese es el verdadero salto.

Pasamos de una economía que recopila información a una economía que puede interpretar, clasificar y anticipar comportamientos.

El ciudadano frente al algoritmo

Aquí aparece una cuestión política que apenas comenzamos a comprender.

Si un algoritmo sabe qué noticias mostrarme, qué producto ofrecerme, qué precio puedo estar dispuesto a pagar, qué contenido probablemente me hará permanecer más tiempo conectado y qué mensaje tiene más posibilidades de convencerme, ¿hasta dónde llega mi libertad de elección?

La pregunta es incómoda porque no necesariamente existe una orden directa. Nadie nos obliga. El sistema simplemente organiza el entorno en el que tomamos decisiones. Y eso puede ser todavía más poderoso.

La preocupación no es solamente que alguien nos espíe.

Es que alguien pueda llegar a conocer suficientemente bien nuestro comportamiento como para anticiparse a nosotros.

La privacidad, entonces, deja de ser únicamente un derecho a esconder información.

Empieza a ser el derecho a conservar una zona de nuestra vida que no sea permanentemente analizada, clasificada y convertida en valor económico.

El nuevo petróleo tiene una diferencia fundamental

Por eso la metáfora del petróleo tiene límites. El petróleo se extrae y se consume.

Los datos no.

Los datos pueden copiarse. Pueden cruzarse. Pueden enriquecerse. Pueden venderse, compartirse o utilizarse nuevamente. Y un mismo dato puede adquirir valores completamente diferentes cuando se combina con otros.

Una ubicación aislada puede decir poco. Una ubicación repetida durante seis meses puede revelar dónde vivimos y dónde trabajamos. Una compra aislada puede ser irrelevante. Miles de compras pueden revelar nuestros hábitos. Una búsqueda puede ser anecdótica.

Miles de búsquedas pueden construir un mapa de nuestros intereses.

El valor no está solamente en el dato. Está en la combinación de datos.

Y eso hace que esta economía sea potencialmente mucho más poderosa que la antigua economía de las materias primas.

¿A dónde vamos a llegar?

Ésta es la pregunta verdaderamente importante. Porque todavía estamos en una etapa temprana. Ya tenemos teléfonos que conocen nuestra ubicación. Relojes que registran nuestra actividad física. Plataformas que conocen nuestras preferencias. Sistemas que reconocen nuestra voz y nuestro rostro. Algoritmos que predicen qué contenido queremos consumir. Inteligencia artificial capaz de conversar con nosotros. Y sistemas que empiezan a tomar decisiones automatizadas sobre millones de personas.

La siguiente frontera será probablemente la integración.

Que todos esos datos dejen de existir como piezas aisladas y comiencen a formar una representación mucho más completa de cada individuo.

No solamente quiénes somos.

Sino qué hacemos, qué queremos, qué tememos y qué probablemente haremos mañana. Eso es extraordinariamente poderoso. Y también extraordinariamente peligroso.

El problema no es entregar datos; es perder el control

No se trata de regresar a un mundo sin tecnología. Sería absurdo.

La tecnología ha mejorado la medicina, la comunicación, la educación, el transporte y prácticamente todos los ámbitos de la vida.

El problema es otro.

¿Quién controla los datos?

¿Quién decide cuánto tiempo pueden conservarse?

¿Quién puede utilizarlos?

¿Quién puede combinarlos?

¿Quién puede venderlos?

¿Quién puede corregir una información equivocada?

¿Quién responde cuando un algoritmo construye un perfil incorrecto de una persona?

Y, sobre todo:

¿Quién controla a quienes controlan la información?

Porque ahí está el verdadero debate.

El futuro no será simplemente una disputa entre empresas tecnológicas. Será una disputa por el poder de conocer. Y quien conoce mejor a una sociedad puede tener una capacidad extraordinaria para influir sobre ella.

El oro somos nosotros

Quizá por eso habría que cambiar la frase. El nuevo petróleo no son los datos.

El nuevo oro somos nosotros.

Nuestros hábitos. Nuestros gustos. Nuestros movimientos. Nuestros contactos. Nuestras búsquedas. Nuestros miedos. Nuestras decisiones. Nuestra atención. Nuestra identidad digital.

Durante siglos, las grandes riquezas estuvieron debajo de la tierra.

Ahora una parte creciente de la riqueza está dentro de nuestros teléfonos, nuestras computadoras y nuestras interacciones cotidianas.

Y lo más sorprendente es que nosotros mismos producimos buena parte de esa riqueza gratuitamente: Publicamos, buscamos, compramos, miramos, comentamos, clicamos, respondemos y dejamos rastros La gran pregunta de este siglo no será únicamente quién tendrá más tecnología.

Será quien tendrá más información sobre nosotros y qué hará con ella.

Porque quizá el mayor riesgo no sea que las máquinas lleguen a conocernos. Quizá el verdadero riesgo sea que lleguen a conocernos mejor de lo que nosotros nos conocemos a nosotros mismos.

Y cuando eso ocurra, la discusión dejará de ser tecnológica. Será una discusión sobre libertad. Sobre democracia. Sobre intimidad.

Y, finalmente, sobre una pregunta tan vieja como la humanidad:

¿Quién tiene el poder de decidir sobre nuestra vida?