En 1998, el Mundial de Francia reunió a 32 selecciones y cerca de 2 mil 700 millones de espectadores acumulados. En Qatar 2022, la cifra superó los 5 mil millones de visualizaciones e interacciones digitales alrededor del torneo. Para 2026, la Copa del Mundo no solo será la más grande de la historia: Será también la más política, la más económica y probablemente la más incierta.
Por primera vez competirán 48 selecciones nacionales, habrá 104 partidos —40 más que en Qatar— y el torneo se disputará simultáneamente en tres países: México, Estados Unidos y Canadá. La FIFA defiende la expansión como un acto de inclusión global; los críticos la consideran una expansión comercial disfrazada de democratización deportiva.
Pero esta Copa del Mundo ocurre en un momento extraordinario de la historia contemporánea.
No llega durante una etapa de estabilidad internacional, sino en medio de tensiones militares, guerras comerciales, polarización política y una transformación acelerada del orden económico global.
Estados Unidos —el verdadero centro logístico y económico del torneo— atraviesa uno de los momentos geopolíticos más complejos desde la Guerra Fría: Tensiones con China, enfrentamientos indirectos con Irán, conflictos comerciales con Europa y una política exterior cada vez más confrontativa.
México —el anfitrión de la apertura— llegará al Mundial de 2026 en medio de un clima político particularmente delicado: Investigaciones y señalamientos sobre presuntos vínculos entre actores políticos y el crimen organizado, disputas internas por la seguridad pública, polarización electoral y una presión creciente en la relación bilateral con Estados Unidos por migración, narcotráfico y comercio. Mientras el país busca proyectar estabilidad e imagen internacional ante millones de visitantes, enfrenta simultáneamente cuestionamientos sobre gobernabilidad, violencia regional y la capacidad del Estado para contener el poder económico y territorial del crimen organizado.
Canadá, tradicionalmente percibido como uno de los países más estables del continente, tampoco llega ajeno a tensiones importantes. El gobierno canadiense enfrenta una creciente presión social por inflación, crisis de vivienda, polarización política y debates sobre inmigración masiva, además de fricciones comerciales y estratégicas derivadas de su cercanía económica con Estados Unidos y su compleja relación con China. A ello se suma una discusión interna sobre identidad nacional, multiculturalismo y seguridad, en un contexto donde incluso las democracias más consolidadas comienzan a mostrar signos de desgaste institucional y desconfianza
El futbol nunca ha sido ajeno a la política. La diferencia es que ahora resulta imposible fingir que sí.
El Mundial más grande… y quizá el más rentable
La expansión de 32 a 48 equipos no es un detalle menor. Implica un rediseño completo del torneo. La FIFA calcula que el nuevo formato incrementará de manera considerable los ingresos por derechos televisivos, patrocinios y turismo. Pasar de 64 a 104 partidos significa más transmisiones, más publicidad, más consumo digital y más mercados conectados simultáneamente.
El Mundial de Qatar 2022 generó ingresos superiores a los 7 mil 500 millones de dólares para FIFA. Distintos análisis financieros estiman que el torneo de 2026 podría romper todos los récords y acercarse o incluso superar los 10 mil millones de dólares en derrama directa e indirecta.
Y hay una razón evidente: La geografía.
Estados Unidos representa cerca del 26 por ciento del PIB mundial. Canadá se mantiene entre las economías más desarrolladas del planeta y México es la segunda economía más grande de América Latina. Juntos suman más de 500 millones de habitantes y uno de los corredores comerciales más importantes del mundo.
Nunca un Mundial había sido organizado por un bloque económico tan poderoso.
Más países, más mercado
La narrativa oficial habla de inclusión. Y algo de razón tiene.
La expansión permitirá que naciones históricamente marginadas del futbol mundial finalmente lleguen a una Copa del Mundo. Equipos como Curazao, Uzbekistán, Jordania o Cabo Verde aparecen hoy como símbolos de esa apertura.
Sin embargo, detrás de la inclusión deportiva existe también una lógica económica contundente: Cada nueva selección significa millones de nuevos espectadores cautivos.
Un país clasificado implica:
Nuevos contratos publicitarios;
Nuevas audiencias televisivas;
Nuevos patrocinadores regionales;
Millones de camisetas vendidas;
Nuevas rutas aéreas;
Turismo deportivo;
Consumo digital masivo.
La FIFA entendió algo fundamental: El futbol dejó de ser solamente deporte hace mucho tiempo. Hoy es una plataforma global de influencia económica, política y cultural.
Y en un planeta fragmentado, el Mundial sigue siendo uno de los pocos eventos capaces de detener simultáneamente a miles de millones de personas frente a una pantalla.
Estados Unidos y el poder blando
Hay además un componente geopolítico imposible de ignorar.
Estados Unidos utilizará el Mundial como una gigantesca operación de “soft power”, el llamado poder blando: La capacidad de influir culturalmente sin recurrir directamente a la fuerza militar.
No es casualidad que el torneo llegue en medio de tensiones globales crecientes.
Mientras Washington mantiene disputas comerciales con China, redefine alianzas militares y endurece posiciones migratorias, organizar el mayor espectáculo deportivo del planeta funciona también como un mensaje político: Estados Unidos sigue siendo el centro del sistema internacional.
Históricamente, los grandes eventos deportivos han servido para eso.
La Copa Mundial de Futbol de 1934 fue utilizada por Mussolini como propaganda nacionalista. Los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 fueron una vitrina del régimen nazi. El Mundial de Argentina 1978 convivió con una dictadura militar. Rusia 2018 y Qatar 2022 estuvieron rodeados de cuestionamientos políticos y humanos.
El deporte jamás ha estado aislado del poder.
Lo nuevo es la magnitud de las contradicciones.
Porque mientras el Mundial predicará inclusión global, las tensiones migratorias seguirán creciendo. Mientras se hable de unión entre pueblos, persistirán conflictos militares abiertos y nuevas barreras económicas. Mientras la FIFA hable de diversidad, el planeta atraviesa una etapa marcada por nacionalismos y bloques enfrentados.
El torneo convivirá con esa paradoja.
El planeta de 2026 no es el de 1994
Cuando Estados Unidos organizó el Mundial de 1994, el contexto era completamente distinto.
La Guerra Fría acababa de terminar. Internet apenas comenzaba. China todavía no era la potencia tecnológica que es hoy. La globalización vivía un momento de entusiasmo casi ingenuo.
El Mundial de 2026 llega, en cambio, a un planeta fatigado.
Con inflación persistente en múltiples economías. Con generaciones jóvenes que desconfían de las instituciones. Con guerras retransmitidas en tiempo real por redes sociales. Con democracias polarizadas y ciudadanos saturados de información.
Incluso la relación emocional con el futbol cambió.
Antes el Mundial era escasez: Había que esperar cuatro años. Hoy el consumidor deportivo vive hiperestimulado. Hay ligas europeas todos los días, plataformas digitales, videojuegos, apuestas deportivas, clips instantáneos y contenido permanente.
Por eso FIFA expande el torneo: Necesita sostener la atención global en una economía digital donde todo compite por segundos de concentración humana.
¿Más espectáculo o menos calidad?
La crítica principal al nuevo formato apunta precisamente ahí.
Muchos consideran que 48 equipos diluyen el nivel competitivo. Otros sostienen que clasificar dejará de ser una hazaña para convertirse en trámite.
Las matemáticas del torneo cambian radicalmente:
De 64 partidos se pasa a 104
Habrá 12 grupos de cuatro selecciones
Avanzarán 32 equipos a fase eliminatoria
El campeón jugará hasta ocho partidos
Incluso, académicos especializados en modelos deportivos han advertido riesgos de partidos intrascendentes o manipulables debido al nuevo sistema.
Y sin embargo, también existe otra lectura.
Quizá el viejo modelo de élites futbolísticas ya no representa al mundo actual.
Tal vez la expansión refleja precisamente el cambio demográfico y económico global: Un planeta más multipolar donde Asia y África exigen representación proporcional también en el deporte.
Porque mientras Europa envejece, África será el continente con mayor crecimiento poblacional del siglo XXI. Mientras América Latina enfrenta desaceleración económica, India y el sudeste asiático emergen como gigantes demográficos.
El Mundial ampliado podría ser, en realidad, una fotografía del nuevo equilibrio mundial.
El futbol como último idioma común
Hay algo profundamente fascinante en todo esto.
Mientras la política internacional se fragmenta, el futbol sigue funcionando como uno de los pocos lenguajes universales reales. Un gol sigue significando lo mismo en Buenos Aires, Casablanca, Tokio o Ciudad Obregón.
Y quizá por eso el Mundial importa tanto.
Porque durante un mes crea la ilusión —aunque sea temporal— de que el planeta todavía comparte emociones comunes. Eso tiene un enorme valor simbólico en una época marcada por algoritmos que separan, ideologías que radicalizan y discursos que fragmentan sociedades enteras.
El Mundial suspende por momentos las fronteras culturales.
Aunque también las exacerba.
Porque el deporte internacional siempre ha sido una forma elegante de nacionalismo emocional. Cada selección representa identidad, orgullo, historia, tensiones sociales y aspiraciones colectivas.
No es casualidad que las victorias deportivas produzcan celebraciones patrióticas masivas. Ni que las derrotas generen crisis nacionales desproporcionadas.
¿Debe politizarse el deporte?
La pregunta aparece inevitablemente.
¿Debe mezclarse política con futbol?
La respuesta sencilla sería decir que no. Que el deporte debería ser neutral, un espacio puro de convivencia internacional. Pero esa neutralidad casi nunca ha existido realmente.
Cuando una nación organiza un Mundial, proyecta imagen, influencia y legitimidad. Cuando una selección triunfa, fortalece identidad nacional. Cuando atletas protestan, hablan también de su tiempo histórico.
Pretender separar totalmente deporte y política quizá sea desconocer cómo funcionan las sociedades humanas.
La verdadera discusión no es si existe relación entre ambos —porque existe desde hace décadas— sino hasta qué punto el deporte puede seguir siendo un espacio de encuentro en un mundo cada vez más dividido.
Y ahí aparece la gran paradoja del Mundial 2026.
Será probablemente el torneo más comercial, más gigantesco y más politizado de todos. Pero también podría convertirse en uno de los pocos momentos donde países enfrentados económica o ideológicamente compartan una misma emoción colectiva.
Tal vez esa incertidumbre sea parte del encanto.
Porque el futbol, como la política y como la vida misma, nunca ha sido completamente racional.
Los mundiales importan precisamente porque introducen caos en un planeta obsesionado con controlarlo todo. Porque permiten que países pequeños desafíen a potencias gigantes. Porque recuerdan que las estadísticas no siempre determinan el resultado.
Y quizá esa sea la lección más poderosa de 2026.
En tiempos donde el mundo parece dividido entre bloques irreconciliables, el balón seguirá rodando con una lógica distinta: La de la incertidumbre.
La misma incertidumbre que incomoda a gobiernos, mercados, estrategas y a los argentinos en saber si esta será la cuarta… pero que hace del deporte algo profundamente humano.