Hay algo que debería preocuparnos más que el fracaso: El éxito de quienes no tienen principios.
No porque el éxito sea malo. Todo lo contrario. Admiramos a quienes trabajan durante años para alcanzar una meta, a quienes superan obstáculos que parecían insalvables, a quienes construyen una empresa, escriben un libro, ganan una competencia, descubren algo, ayudan a otros o simplemente consiguen sacar adelante una vida difícil sin hacer demasiado ruido.
El problema aparece cuando empezamos a confundir el éxito con el valor de una persona.
Vivimos en una época en la que ser conocido parece suficiente para ser importante. Tener millones de seguidores puede convertirse en una credencial. Aparecer constantemente en las redes sociales parece otorgar autoridad. Ganar dinero se interpreta como prueba de inteligencia. La exposición sustituye a la trayectoria y la fama comienza a funcionar como una especie de certificado de mérito.
Y entonces ocurre una paradoja inquietante: nunca habíamos tenido tantas personas haciendo cosas extraordinarias y, al mismo tiempo, nunca habíamos tenido tantos escaparates para convertir en héroes a personas cuyo único gran mérito consiste en llamar la atención.
El éxito ya no necesita mérito
Durante mucho tiempo, el éxito estuvo asociado a ciertas virtudes: disciplina, esfuerzo, talento, perseverancia, conocimiento, responsabilidad.
No siempre fue así, por supuesto. La historia está llena de personas que triunfaron por circunstancias, privilegios, contactos o incluso por circunstancias poco éticas. Pero existía, al menos, la expectativa de que el éxito debía estar acompañado de alguna forma de mérito.
Hoy esa relación parece haberse roto.
Podemos alcanzar notoriedad sin haber construido nada. Podemos convertir una conducta escandalosa en contenido, transformar una polémica en seguidores y convertir nuestros propios excesos en una marca personal.
La economía de la atención tiene una regla sencilla: Lo importante no es necesariamente lo que haces, sino cuánto consigues que los demás miren lo que haces.
Y eso cambia completamente las reglas.
Una persona puede dedicar veinte años a estudiar, trabajar, investigar o servir a su comunidad y ser prácticamente desconocida. Otra puede protagonizar una conducta absurda durante treinta segundos y convertirse en tendencia nacional.
El algoritmo no pregunta quién eres.
Pregunta cuánta gente está mirando.
Confundimos fama con grandeza
Quizá uno de nuestros mayores errores sea haber confundido dos conceptos que deberían permanecer separados: fama y grandeza.
La fama es visibilidad.
La grandeza es otra cosa.
Una persona puede ser famosa y no tener nada particularmente admirable. También puede ser extraordinaria y pasar completamente desapercibida.
El problema aparece cuando utilizamos la popularidad como medida del valor. Entonces comenzamos a decir: “Si millones de personas lo siguen, por algo será”.
¿De verdad?
La cantidad de seguidores demuestra que una persona sabe captar atención. No necesariamente demuestra que tenga conocimientos, carácter, sensibilidad, disciplina o capacidad para convertirse en un ejemplo.
Un cantante puede tener un talento extraordinario y, al mismo tiempo, llevar una vida personal llena de contradicciones. Un deportista puede ser excepcional dentro de su disciplina y comportarse de manera reprochable fuera de ella. Un influencer puede dominar perfectamente las reglas de las redes sociales y no tener ninguna autoridad para decirnos cómo debemos vivir.
Esto no significa que debamos condenarlos.
Significa que debemos dejar de convertir automáticamente el éxito de alguien en una recomendación sobre cómo vivir.
Los héroes que trabajan en silencio
Mientras tanto, existen millones de personas extraordinarias que no tienen millones de seguidores.
El padre que trabaja dos turnos para que sus hijos estudien.
La mujer que vuelve a empezar después de perderlo todo.
El joven que estudia mientras trabaja.
El médico que permanece horas junto a un paciente.
El maestro que sigue preparando sus clases aunque nadie lo convierta en tendencia.
El empresario que construye lentamente una empresa y genera empleos.
El investigador que dedica años a una pregunta que quizá nunca le dará fama.
El deportista que entrena durante una década antes de conseguir su primera oportunidad.
El voluntario que dedica parte de su tiempo a los demás sin esperar una fotografía.
Ahí están.
Son personas que todos los días hacen cosas extraordinarias más allá de sus posibilidades.
Pero muchas veces no las vemos.
¿Por qué?
Porque la virtud suele ser silenciosa.
El esfuerzo cotidiano no siempre produce espectáculo. La disciplina rara vez se vuelve viral. La honestidad no genera necesariamente millones de reproducciones. Cumplir con nuestra responsabilidad no suele ser noticia.
El escándalo, en cambio, sí.
El mercado de la atención
Quizá no estamos solamente frente a una crisis de valores. Estamos frente a una crisis provocada por el mercado de la atención.
Las redes sociales compiten permanentemente por nuestro tiempo. Y para ganar esa competencia necesitan provocar emociones.
La indignación funciona.
La controversia funciona.
El exceso funciona.
La provocación funciona.
La vida perfecta funciona.
El fracaso convertido en espectáculo funciona.
La intimidad expuesta funciona.
Y, sobre todo, funciona aquello que consigue que no pasemos al siguiente contenido.
Esto genera una distorsión peligrosa: comenzamos a creer que aquello que aparece constantemente frente a nuestros ojos es aquello que merece nuestra atención.
Pero no es lo mismo.
La visibilidad no es importancia.
Una sociedad puede dedicar millones de horas a observar a una persona y no aprender absolutamente nada de ella.
Y puede ignorar durante años a alguien que está haciendo una contribución extraordinaria.
No todos los ídolos son malos
También sería injusto caer en el extremo contrario.
No todos los artistas son malos referentes. No todos los deportistas son ejemplos negativos. No todos los influencers carecen de contenido.
Hay personas famosas que utilizan su posición para inspirar, ayudar, crear, educar o defender causas importantes.
El problema no es la fama.
El problema es la ausencia de criterio con la que elegimos a nuestros referentes.
Podemos admirar a un deportista por su disciplina sin convertirlo en autoridad moral en todos los aspectos de la vida.
Podemos disfrutar de la música de un artista sin justificar sus errores.
Podemos seguir a un creador de contenido sin asumir que todo lo que dice es verdad.
Madurar como sociedad significa precisamente eso: aprender a separar el talento de la conducta, el éxito profesional de la integridad personal y el entretenimiento de la ejemplaridad.
No necesitamos ídolos perfectos.
Necesitamos tener claro qué parte de ellos estamos admirando.
El problema no son los jóvenes
Con frecuencia culpamos a los jóvenes por sus referentes.
“Ya no admiran a nadie que valga la pena”, decimos.
Pero quizá deberíamos mirarnos nosotros mismos.
Los jóvenes no inventaron la fama.
No inventaron el dinero como medida del éxito.
No inventaron la obsesión por la apariencia.
No inventaron la cultura del espectáculo.
La recibieron de nosotros.
Si una sociedad premia permanentemente la exposición, la riqueza, la extravagancia y la polémica, no debería sorprendernos que las nuevas generaciones aprendan a valorar esas cosas.
Los jóvenes necesitan referentes, pero los referentes no aparecen por decreto.
Se construyen socialmente.
Y los construimos cada vez que damos nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestra atención y nuestra admiración.
¿Crisis de valores o crisis de referentes?
Tal vez la pregunta inicial necesita ser reformulada.
¿Tenemos una crisis de valores?
Probablemente sí.
Pero quizá tenemos algo todavía más profundo: una crisis de referentes.
Porque los valores siguen existiendo.
Seguimos admirando la solidaridad cuando la vemos.
Seguimos reconociendo el esfuerzo.
Seguimos emocionándonos frente a alguien que supera una adversidad.
Seguimos respetando a quien cumple su palabra.
Seguimos necesitando personas que nos demuestren que vale la pena hacer las cosas bien.
Lo que ha cambiado es nuestra capacidad para encontrarlas entre tanto ruido.
El problema quizá no sea que hayan desaparecido las personas valiosas.
El problema es que hemos dejado de mirarlas.
El éxito también debería tener límites
No deberíamos pedirle a nadie que sea perfecto.
Todos tenemos contradicciones. Todos hemos cometido errores. Todos hemos tomado alguna vez decisiones de las que no estamos orgullosos.
La ética no consiste en vivir permanentemente del lado luminoso de la vida.
Consiste en saber reconocer cuándo estamos cruzando determinadas líneas.
Por eso el verdadero problema no es que existan personas exitosas con comportamientos cuestionables. El problema es que podamos llegar a considerar esos comportamientos parte del precio que hay que pagar por el éxito.
Como si ganar dinero justificara cualquier cosa.
Como si tener talento permitiera cualquier conducta.
Como si acumular seguidores otorgara autoridad.
Como si ser famoso nos hiciera automáticamente dignos de admiración.
No.
El éxito puede explicar muchas cosas.
Pero no puede justificarlo todo.
Una sociedad se define por lo que admira
Al final, quizá la pregunta más importante no sea quiénes son nuestros ídolos, sino qué estamos recompensando con nuestra atención.
Porque cada vez que compartimos, seguimos, compramos, comentamos o defendemos a alguien, estamos participando en la construcción de su influencia.
Una sociedad no se define solamente por los valores que proclama.
Se define por las personas que decide admirar.
Si premiamos la inteligencia, habrá más personas intentando ser inteligentes.
Si premiamos el esfuerzo, habrá más personas dispuestas a esforzarse.
Si premiamos la solidaridad, construiremos más solidaridad.
Pero si premiamos únicamente la extravagancia, la polémica, el dinero y la exposición, no deberíamos sorprendernos cuando esos sean los atributos que las nuevas generaciones quieran perseguir.
Quizá ha llegado el momento de recuperar una palabra que parece antigua: ejemplo.
No para volver a una sociedad moralista que pretenda decidir quién es bueno y quién es malo.
Sino para recuperar la capacidad de distinguir entre alguien que simplemente consiguió ser visto y alguien que realmente merece ser observado.
Porque una cosa es tener éxito.
Otra muy distinta es tener éxito sin principios.
Y quizá la verdadera grandeza no consiste en conseguir que millones de personas sepan quién eres.
Consiste en que, cuando alguien te mire, encuentre una razón para querer ser mejor.