La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce a la violencia como un problema de salud pública que se ha extendido a nivel global. Este fenómeno tiene un impacto particularmente profundo en México. De acuerdo con el Índice Global de Paz, estudio que mide los niveles de paz percibidos por la ciudadanía en distintos países, México se ubica en el lugar 135 de los 163 países evaluados.

Por su parte, STATISTA, plataforma especializada en investigación académica, estadística y estudios sectoriales, clasifica al país en el lugar trece entre las naciones más peligrosas del mundo en términos de muertes violentas per cápita.

Asimismo, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) señala que más del 60 % de la población adulta en México ha atestiguado o ha sido víctima de actos violentos en espacios públicos.

No obstante, la violencia no excluye a los sectores más vulnerables, como lo son niñas, niños y jóvenes. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en México siete de cada diez niñas, niños y jovenes han sido víctimas de algún tipo de violencia, lo que sitúa al país entre los primeros lugares en abuso infantil dentro de los países miembros de este organismo. En conjunto, estos datos sugieren que México enfrenta un grave problema de violencia que afecta a toda la población, permea diversos espacios sociales y cuyos efectos de largo plazo aún no se comprenden en su totalidad.

Si bien la situación a nivel nacional es alarmante, el panorama se agrava al analizar el contexto local. Mientras México se consolida como un país con altos niveles de inseguridad, Ciudad Obregón, Sonora, ha sido catalogada como una de las ciudades más violentas e inseguras del país, de acuerdo con resultados recientes del INEGI. En este sentido, si Ciudad Obregón constituye un epicentro de violencia comunitaria, es factible asumir que la misma presenta un riesgo inminente de enfrentar, en el futuro, importantes problemas sociales, económicos y culturales que amenazan su sostenibilidad, como consecuencia de la exposición constante a la violencia que viven sus niñas, niños y jóvenes.

Consecuencias de la violencia en la niñez y la adolescencia Eugene Aisenberg, investigador de la Universidad de Washington y especialista en el estudio de los efectos de la violencia comunitaria en niñas, niños, adolescentes y familias, señala que la violencia comunitaria —término que engloba actos como robos, venta de drogas, detonaciones de armas de fuego y violencia discriminatoria en espacios públicos— impacta con mayor severidad a la población infantil y juvenil.

Aisenberg explica que las niñas, los niños y los adolescentes se encuentran en etapas clave de desarrollo físico, emocional y cognitivo; por ello, presentan una mayor sensibilidad frente a eventos violentos. Al igual que otros investigadores, Aisenberg sugiere que la exposición temprana a la violencia se asocia con problemas, en el corto y largo plazo, de depresión, ansiedad y trastornos de la personalidad. Más preocupante aún, la exposición de los niños y jóvenes a la violencia está asociado a la propensión al desarrollo de conductas antisociales que podrían perpetuar la violencia y sus efectos negativos en la sociedad.

En el ámbito educativo, diversos organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), así como múltiples investigaciones, reconocen que la violencia y la inseguridad también tienen efectos negativos significativos en el aprendizaje de niñas, niños y jóvenes, además de afectar su permanencia en la escuela.

Ante este panorama, la Nueva Escuela Mexicana reconoce que la escuela tiene la misión de erigirse como el espacio seguro para las niñas, niños y jóvenes en México. Por lo que, el Estado y todos los sectores de la sociedad tienen la responsabilidad de cobijar a las instituciones educativas para garantizar espacios de sano desarrollo para la niñez y juventud mexicana. Ello, con el objeto de conseguir que quienes ocupan hoy las aulas desarrollen las capacidades necesarias para liderar el futuro de nuestras comunidades. Convertir las escuelas en santuarios de paz no puede verse como una opción, sino como una estrategia viable para contrarrestar los efectos negativos de la violencia en la niñez y juventud sonorense, y con ello, la edificación de un mejor futuro para todas y todos.

*Doctora en Education and Human Resources por la Colorado State University. Docente de la Universidad Pedagógica Nacional subsede Obregón. Miembro del Sistema Nacional de Investigación (SNII-1)

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