YO CONOCÍ EL MAR A LOS 10 años de edad. Fue en un día de agosto de 1956. Me atemorizaba y me llenaba el alma de curiosidad al mismo tiempo. Ver aquella grandiosidad de agua que iba y venía a la playa de área limpia, me parecía algo fantástico. Aquella mañana había amanecido más temprano que de costumbre. El mundo era el mismo pero para mí se había adelantado. Un día antes unos vecinos le solicitaron a mis padres el permiso correspondiente para que formara parte de un grupo de unas treinta personas que iría a pasar unas horas al balneario más de moda de aquellos años: El Cochórit.
En el grupo iban parejas de novios del vecindario. Abuelitas. Papás, mamás, y algunos niños. Yo entre ellos.
Todos habían ido aunque fuera una vez a la playa. Yo no.
Por eso yo era más alocado y el más feliz.
En mis recuerdos, destaca con asombrosa nitidez la pista de baile de un comedero cuya rockola, con monedas de veinte centavos, amenizaba el ambiente. Los adultos bailaban. Los niños comían golosinas y tomábamos refrescos. Y nos metíamos al mar. El oleaje era maravilloso, las aguas límpidas.
En esa ocasión, vi por primera vez las aletas de una “tonina”. Alguien grito a todo pulmón, en dirección a los bañistas: “¡tiburón!”.
Lo que nosotros veíamos no era un tiburón, decían los grandes. Pero luego nos explicaron que cuando había “toninas” cerca de los humanos, era porque los protegían de los tiburones.
En los siguientes 64 años de mi vida, nunca he podido confirmar si aquella teoría era real o simplemente una leyenda. Ahora también se dice lo mismo de los delfines.
En la taberna y restaurante también se vendía cerveza. Era un lugar agradable, muy familiar que tenía al frente una cabaña.
Andando los años mi primera visita a El Cochórit, se fue volviendo una estampa borrosa entre mis recuerdos. Pero nunca me olvidé del todo de sus arenas limpias y sus aguas un poco broncas pero sin llegar a ser peligrosas.
De algún modo, por mucho tiempo el recuerdo de aquella primera vez me marcó. De los treinta a los cuarenta, viajaba con mucha frecuencia a Hermosillo y, de cuando en cuando, a otras ciudades del norte del país: Tijuana, San Luis Río Colorado, Caborca, Puerto Peñasco, y, en tres ocasiones, a ciudades de Arizona y California, incluidos Los Ángeles y San Diego.
Eran días de sueños contruidos sobre ideales y un poco sobre bases reales. Armábamos el proyecto del periódico El Obsevador. Por eso los viajes a Estados Unidos. Fui a Phoenix, a adquirir la maquinaria. Alla no encontré nada. Me fui a San Diego, a Chula Vista, a Los Ángeles y de allá me traje todo.
Fueron sueños bonitos que no sobrevivieron a la terrible realidad.
Yo iba y venía. Y siempre, sin preguntarme por qué, al pasar frente al entronque de la Internaiconal con la entrada a El Cochórit, me desviaba hacia el mar. Me despojaba de la camisa, el cinto, los zapatos y calcetines y demás prendas. Solo me quedaba con el pantalón. Sin pensarlo, me metía al mar, me zambullía y así permanecía quince o 20 minutos.
Me secaba con una toalla que siempre me acompañaba en los viajes. Me volví a vestir y continuaba mi camino hacia Ciudad Obregón.
En mi casa nadie ignoraba por qué llegaba yo, a la media tarde, con el pantalón mojado. Sabían de mi fascinación por El Cochórit.
Transcurrieron otros años. Un día, sin saber por qué, me olvidé de El Cochórit. Creo que fue cuando ese balneario fue pervertido por los nuevos tiempos y los nuevos estilos de vida de los jóvenes. El Cochórit perdió su incidencia y nunca más fue lo que yo conocí.
De todos modos, siempre la memoria me traía el recuerdo de sus aguas antaño limpias, y la nostalgia se hacía presente.
En esos años conocí a SAMUEL RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, dueño de una simpática marisquería llamada La Covacha. Estaba —no sé si aún existe— justamente en el enronque de la carretera Internacional con el camino a El Cochórit.
Con el tiempo, Samuel creció como empresario y llegó a ser presidente municipal de Empalme. Él construyó una casa en El Cochórit, a la que con frecuencia me invitaba a comer. Ahora lamento no haber atendido a su invitación.
Samuel no me sobrevivió. Falleció hace algún tiempo.
Con este estado de ánimo, apacharruso por la nostalgia de los tiempos idos, el pasado fin de semana me trepé a mi pequeño Versa y me fui camino al norte. Hice una parada en Vícam. Allí comí algunos antojitos tradicionales. El terminar, en vez de regresar a casa, continué hacia Guaymas. “Voy a desayunar con mi amigo Agustín”, me dije.
Pero algo pasó antes de llegar al Puerto: cuando vi el viejo letrero con la leyenda: “El Cochórit”, di el “volantazo” y me metí al camino polvoso que conduce al mar. “¿Por qué no volver aunque sea por una vez más a mis encuentros con El Cochórit?”, reflexioné.
Era la media mañana del sábado. “¿Por qué tanta soledad en el camino?”, me preguntaba. “Ha de ser por el clima”, me quise convencer. Miré hacia mi derecha y en el horizonte destacaba la imponente imagen de las dos termoeléctricas de la CFE. Recordé lo que un colega del Puerto me había comentado. Que en tiempos del Gobierno de VICENTE FOX, los hijos de su esposa Marta habrían adquirido propiedades a precios bajísimos para luego venderle a la Comisión Federal de Electricidad, a precios multiplicados.
Quién sabe. Eso se dice.
Y evoqué el malestar de un académico amigo mío, que me dijo que ya no podía llevar a la familia a bañarse a El Cochórit debido a que los generadores de las plantas de la CFE, han “violentado” las aguas del balneario. De todos modos El Cochórit se acabó. No es apto para los seres humanos, la inseguridad hizo que la gente se fuera de ahí, hoy están en ruinas, muy pocos se atreven a vivir en sus casas. Son pescadores que se ganan la vida pescando porque ya no hay turistas a los cuales venderles comida o cualquier otra cosa.
Ese sábado 8 de febrero, recorrí, a pie, todas las ruinas de lo que fue un pintoresco rinconcito que fue, durante décadas, el lugar favorito de las clases medias bajas y bajas del sur de sonora.
Hoy es un pueblo fantasma donde alguien me advirtió: “Allí matan gente”.
Caminé para allá y para acá. Brinqué bardas, trepé sobre lozas de cemento de lo que alguna vez fue un pujante negocio de comida. Todavía están en pie, sin techos, los cuartos para baños. “Damas”, aquí, “Hombres”, por allá… La vandalizacion es absoluta. El sueño de mi inolvidable amigo Samuel Rodríguez de convertir al pueblo en un sitio turístico, se hizo añicos. Es como si con su muerte El Cochórit también hubiese muerto.
La única señal de que algo estaba vivo, me llegó desde la distancia: un perro solitario, famélico, husmeaba entre los escombros, tal vez buscando una rata que mitigara su hambre inacabable. Y su tristeza por el abadono de sus amos.
Cuando emprendí el regreso, di una última mirada a lo que queda de “El Cochórit” y evoqué las frases melancólicas de mi amigo BULMARO PACHECO, cuando lo jala su amor por la tierra de origen. Y yo también me oí decir: “El Cochórit que se nos fue”.
En fin.
DE AQUÍ, DE ALLÁ Y DE MÁS ALLÁ
DÉJEME DECIRLO: POR UNA de esas circunstancias que se dan en la actividad periodística, no había leído completo el texto de la entrevista que los integrantes de Mesa Cancún le hicieron al político cajemense RICARDO BOURS CASTELO, el 29 de enero de este año…
Pocas veces he leído o escuchado de Ricardo una definición de lo que fue su gestión al frente del Municipio de Cajeme, como lo que aparece en el precitado texto…
Ya no me alcanza el espacio pero tendré que ocuparme de manera espaciada de este tema. Por hoy, baste recordar que hizo una interesante puntualización: “En mi paso por la alcaldía de Cajeme en los tres años no hubo un solo ejecutado y ahorita en lo que va del año van 33 muertos en Cajeme (cifras del 28 de enero de 2020)”…
Es todo.
Le abrazo.