Hay fechas que parecen repetirse sin cambiar nada. El 23 de abril llega cada año con su promesa de páginas abiertas, de lecturas compartidas, de discursos que celebran al libro como si fuera un objeto intacto, a salvo del tiempo. Sin embargo, basta detenerse un momento para notar que algo se ha desplazado. No en el libro, quizá, pero sí en quienes lo leen. No en las palabras, pero sí en la forma en que las habitamos. En ese umbral —entre lo que permanece y lo que cambia— adquieren sentido los encuentros que no solo celebran, sino que interrogan.
El II Encuentro de Jóvenes Escritores 2026, impulsado por la PrepaTec campus Ciudad Obregón, el pasado 20 y 21 de abril, no se limitó a reunir estudiantes en torno a la escritura: Propuso un espacio donde la palabra vuelve a ser una pregunta. Durante dos días, jóvenes provenientes de secundarias y preparatorias de Ciudad Obregón y Navojoa cruzaron un mismo umbral: El de la escritura como experiencia compartida. No llegaron únicamente a aprender técnicas o a cumplir con una agenda. Llegaron —aunque quizá no todos lo supieran— a enfrentarse con algo más complejo: La posibilidad de pensar por sí mismos en un mundo que constantemente les ofrece pensar más rápido, pero no necesariamente mejor.
Los espacios del encuentro estaban ahí, visibles: Talleres de escritura creativa, como Desata tu imaginación; actividades artesanales que devolvían al libro su dimensión material, como la elaboración de cuadernos; y un foro que, bajo el título “Mentes asistidas: ¿Inteligentes o dependientes?”, abría una conversación que atraviesa a toda una generación. Pero lo esencial no estaba en la agenda, sino en lo que ocurría entre líneas. Porque escribir, en este tiempo, ya no significa lo mismo que hace apenas unas décadas.
Hubo un momento en que el acto de escribir implicaba enfrentarse al vacío. La hoja en blanco no era solo un símbolo romántico: Era una resistencia real. El escritor avanzaba a tientas, construyendo sentido palabra por palabra, sin garantías. Hoy, en cambio, esa hoja responde. Sugiere. Completa. Corrige. La inteligencia artificial ha entrado en el territorio del lenguaje con una naturalidad inquietante, como si siempre hubiera estado ahí. Esto no es, en sí mismo, un problema. Las herramientas siempre han acompañado al pensamiento humano. Lo verdaderamente decisivo es otra cosa: El lugar desde el que se escribe. En los pasillos, en las aulas, en las conversaciones que nacían después de cada actividad, comenzaba a dibujarse una pregunta silenciosa: ¿Quién escribe cuando escribimos? (Como el poema Ajedrez de Borges) No como una duda técnica, sino como una inquietud ética.
Porque si las palabras pueden ser generadas, optimizadas y ordenadas por sistemas externos, entonces la escritura deja de ser únicamente una habilidad para convertirse en una forma de posicionamiento. Ahí radica la importancia de este tipo de encuentros. No se trata solo de formar escritores, ni siquiera de fomentar la lectura como hábito. Se trata de algo más profundo y más urgente: Formar sujetos capaces de relacionarse críticamente con el lenguaje. Sujetos que no solo consuman discursos, sino que los comprendan, los cuestionen y, llegado el momento, los transformen.
En ese sentido, el compromiso de la PrepaTec, campus Ciudad Obregón, adquiere una dimensión que rebasa lo académico. Diseñar un encuentro de esta naturaleza implica reconocer que la educación no puede limitarse a la transmisión de contenidos. Implica asumir que la formación de ciudadanía pasa, necesariamente, por la construcción de pensamiento. Y el pensamiento, incluso en la era de la inmediatez, sigue necesitando palabras. Las actividades del encuentro no fueron piezas aisladas, sino parte de una arquitectura más amplia.
El taller de escritura no solo proponía ejercicios creativos: Abría un espacio donde la imaginación dejaba de ser un recurso decorativo para convertirse en una herramienta de exploración. El taller de encuadernación no solo enseñaba una técnica: Devolvía al libro su condición de objeto construido, recordando que toda idea necesita un soporte, un cuidado, un tiempo. El foro sobre inteligencia artificial no solo informaba: Confrontaba, incomodaba, obligaba a pensar en los límites y posibilidades de una tecnología que redefine nuestras prácticas cotidianas. Todo ello configura una apuesta clara: Educar no es simplificar el mundo para hacerlo más accesible, sino ofrecer herramientas para habitar su complejidad.
En una época donde la información circula con una velocidad vertiginosa y donde las respuestas parecen estar siempre a un clic de distancia, detenerse a escribir puede parecer un gesto menor. Pero no lo es. Es, quizá, uno de los pocos espacios donde todavía es posible ejercer una forma de libertad: La de construir sentido sin depender completamente de lo que ya está dado. Los jóvenes que participaron en este encuentro no son ajenos a la tecnología. Conviven con ella, la utilizan, la integran en sus procesos. Pero precisamente por eso, necesitan espacios donde esa relación pueda volverse consciente. Donde escribir no sea solo producir texto, sino preguntarse por el origen, la intención y el impacto de lo que se dice.
Celebrar el Día del Libro en este contexto implica desplazar la mirada. No hacia el objeto en sí, sino hacia la experiencia que lo sostiene. Leer y escribir no son actos pasivos: son formas de intervenir en la realidad. Y en tiempos donde las narrativas se multiplican y compiten por atención, esa intervención se vuelve cada vez más necesaria. El II Encuentro de Jóvenes Escritores deja, entonces, una enseñanza que no se agota en sus actividades ni en su duración. Deja la intuición de que la palabra, incluso rodeada de tecnología, sigue siendo un territorio en disputa. Un espacio donde se juega la capacidad de comprender el mundo y de transformarlo. Quizá esa sea, al final, la verdadera razón para seguir reuniéndose en torno a los libros. No para protegerlos del futuro, sino para aprender a habitarlo con conciencia. Porque mientras haya alguien dispuesto a escribir desde esa conciencia, la palabra —todavía— nos pertenece.
José Ismael Serna
Docente catedrático del Departamento de Humanidades, División Preparatoria del Tecnológico de Monterrey, campus Obregón.
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