Hace algunos días me compartieron un texto publicado en el que se leía, otra vez, el ya famoso sintagma “ideología de género”. Digo “famoso” porque, a estas alturas, parece funcionar como explicación universal: sirve para justificar desde el divorcio, la caída de la fecundidad y el feminismo, hasta el mal clima, la inflación, etc. Entre todas las líneas de ese texto, esta expresión llamó mi atención por una sencilla razón: pocas cosas gozan hoy de tanta popularidad política y tan poca consistencia científica.

La llamada “ideología de género” no constituye un concepto científico. Ni remotamente. No cumple con criterios mínimos de cientificidad, es ambigua, polisémica, emocionalmente rentable y metodológicamente inútil. No tiene definición estable, no puede operacionalizarse, no genera hipótesis verificables y tampoco permite explicar fenómenos sociales complejos. Pero eso sí, funciona extraordinariamente bien para encender indignaciones, fabricar enemigos y producir likes.

Porque hay que decirlo con claridad: la “ideología de género” no nació en la academia, ni viene de una tradición intelectual. No salió de un seminario de teoría feminista, ni de un coloquio de epistemología. Surgió, más bien, desde sectores político-religiosos alarmados por el avance de agendas sobre derechos sexuales y reproductivos. Su genealogía contemporánea suele rastrearse hasta los años noventa, cuando ciertos sectores conservadores comenzaron a presentar al feminismo, a las disidencias sexuales y a los organismos internacionales como parte de una gigantesca conspiración moral que articulaba feminismo, marxismo y liberalismo. Un villano perfecto: invisible, omnipresente y suficientemente difuso para culparlo de cualquier cosa.

¿Cómo discutir racionalmente contra algo que nunca termina de definirse? La “ideología de género” funciona precisamente porque no necesita precisión conceptual. Opera como un contenedor emocional donde caben todos los temores contemporáneos: el miedo a perder privilegios, el desconcierto frente a otras formas de ejercer la masculinidad y a otras formas de hacer familia, la nostalgia por jerarquías de género más cómodas para ciertos varones, la pérdida de control sobre las vidas y los cuerpos de las mujeres y, sobre todo, la necesidad política de fabricar un enemigo cultural a quien culpar.

Mientras tanto, las redes sociodigitales hacen el resto del trabajo. Ahí prospera con enorme éxito la llamada manósfera: influencers del “despertar masculino” que combinan frases motivacionales de gimnasio con resentimiento afectivo reciclado. Una extraña mezcla entre coach ontológico, gurú financiero y comentarista furioso de relaciones de pareja. Todos parecen coincidir en lo mismo: el problema del mundo contemporáneo son las mujeres “modernas”, el feminismo y, por supuesto, la terrible tragedia histórica de que algunos hombres ahora tengan que escuchar un “no”.

El repertorio ya es conocido: “modo guerra”, “usted es el premio”, “las mujeres destruyeron a los hombres”, “ya no se puede ser masculino”. Como si la masculinidad fuera una especie en peligro de extinción. El problema es que detrás del tono aparentemente humorístico o motivacional se producen infraestructuras simbólicas de resentimiento y odio.

En este ecosistema -la manósfera- aparecen también los incels, los llamados “célibes involuntarios”, comunidades digitales que han convertido la frustración afectiva en ideología política. Según esta visión del mundo, ciertos hombres estarían estructuralmente excluidos del acceso al amor, al sexo y al reconocimiento debido —cómo no— al feminismo y a la autonomía femenina. Lo que antes quizá habría sido una conversación incómoda con amigos o una decepción amorosa, hoy se transforma en narrativa colectiva de victimización masculina.

Y aquí la situación deja de ser simplemente ridícula para volverse preocupante. Porque estas comunidades producen misoginia y al mismo tiempo, deshumanización. En algunos casos, incluso, glorifican la violencia. El resentimiento encuentra legitimidad colectiva y termina convirtiéndose en identidad política. Basta con recordar el reciente caso de un adolescente que asesinó a dos maestras de su preparatoria en Lázaro Cárdenas, Michoacán. Horas antes del crimen, el joven publicó contenido en redes que lo ligaba a estas manifestaciones incels.

¿Qué tienen en común la “ideología de género”, la manósfera y los incels? La respuesta está en la articulación de tres elementos: La idea de un supuesto agravio masculino, el antifeminismo como eje articulador y la creación de un enemigo simbólico. El enemigo simbólico de estas corrientes neoconservadoras ha cobrado forma en las mujeres, las feministas, las personas LGBT+, las organizaciones feministas, los movimientos progresistas, en organismos internacionales, etc. La generación de odio hacia este supuesto enemigo y la radicalización es quizá lo más grave, pues se abona a la deshumanización; a la hostilidad contra mujeres, diversidades sexogenéricas, incluso a otras formas de ejercer la masculinidad; además que legitima y justifica la violencia (incluso la letal).

El problema no es únicamente la existencia de discursos conservadores —eso forma parte de cualquier democracia—, sino la forma en que ciertos discursos convierten el miedo y la frustración en odio políticamente rentable. La ridiculización permanente de mujeres y disidencias, el humor ofensivo disfrazado de “libertad de expresión”, la obsesión con la “crisis de la masculinidad” y la narrativa de persecución masculina terminan alimentando un clima cultural profundamente violento.

Por supuesto, no toda persona conservadora es misógina, ni todo aquel que repite el término “ideología de género” está destinado a radicalizarse en un foro incel. Las simplificaciones siempre son peligrosas. Pero también lo es fingir que las palabras no producen efectos. Que los discursos no modelan sensibilidades. Que el odio repetido diariamente en formato meme, reel o podcast no termina normalizando formas de violencia.

Quizá ahí radica uno de los principales desafíos contemporáneos: distinguir entre debate crítico y producción sistemática de enemigos. Y frente a ello, la tarea de la academia no debería ser alimentar pánicos morales con ropaje pseudocientífico, sino precisamente desmontarlos. La libertad de expresión tiene un límite ético: el reconocimiento de que nuestros dichos pueden contribuir a la polarización discursiva y fomentar el odio, la discriminación y la violencia en sus múltiples manifestaciones. Pensar críticamente sigue siendo mucho más difícil —y mucho menos rentable en redes— que fabricar conspiraciones culturales.