Quienes crecimos viendo El Chavo del 8 recordamos al profesor Jirafales: Traje impecable, voz solemne, postura rígida. Entraba al salón exigiendo silencio, corrigiendo formas, imponiendo orden. Durante años nos reímos de él como una caricatura exagerada del maestro tradicional.

Sin embargo, acompañando a futuros docentes en la Escuela Normal, primero en Ciudad Obregón y después en Hermosillo, comencé a notar algo inquietante: El profesor Jirafales no estaba tan lejos de nuestra realidad.

En las aulas de formación docente hablamos de aprendizaje significativo, de mediación pedagógica, de vínculo, de evaluación formativa. Discutimos investigaciones actuales que señalan que el aprendizaje profundo ocurre cuando el estudiante participa activamente, cuando recibe retroalimentación clara y cuando encuentra sentido en lo que hace. Estudios como los de John Hattie han mostrado que lo que más impacta en el aprendizaje no es el control rígido del aula, sino la calidad de la interacción pedagógica.

Pero algo comienza a cambiar cuando esos mismos estudiantes ingresan al servicio activo.

Al reencontrarme con exalumnos ya frente a grupo, muchos me describen jornadas donde gran parte del tiempo se consume en sostener la disciplina visible: Uniforme, peinado, silencio, orden de salida, postura corporal. No lo hacen por maldad ni por falta de vocación. Lo hacen porque el sistema escolar premia el orden observable. Un grupo callado parece sinónimo de buena enseñanza, aunque no siempre lo sea.

Aquí es donde la caricatura se vuelve espejo.

Diversos enfoques contemporáneos, desde el aprendizaje situado hasta la teoría sociocultural, explican que los docentes aprenden a enseñar no solo en las Escuelas Normales, sino integrándose a comunidades escolares donde existen reglas implícitas. Poco a poco, se interioriza una idea poderosa: antes que enseñar, hay que controlar. Así, sin notarlo, la pedagogía cede terreno al performance.

Del ritual al sentido

La disciplina es necesaria. Nadie aprende en el caos. El problema aparece cuando la disciplina se convierte en el centro y no en el medio.

El filósofo francés Michel Foucault explicó que instituciones como la escuela operan mediante rutinas que moldean comportamientos y normalizan cuerpos. Hoy, esa mirada puede complementarse con hallazgos actuales: sabemos que el aprendizaje significativo requiere participación, diálogo, error, exploración. Sin embargo, en muchas aulas, la energía se dirige a mantener la escena funcionando: el grupo quieto, la fila derecha, la voz baja.

He observado cómo jóvenes docentes, llenos de entusiasmo pedagógico al egresar, comienzan a reducir sus estrategias para priorizar el control visible. La clase ‘funciona’. El orden se sostiene. Pero la pregunta permanece: ¿Qué tanto están pensando los estudiantes?, ¿qué tanto están comprendiendo?

El costo invisible es el vaciamiento del sentido. Se corrige la forma, pero se descuida la pregunta. Se vigila el cuerpo, pero se abandona la curiosidad. Se confunde silencio con aprendizaje.

Cuestionar esta dinámica no significa romantizar el desorden ni debilitar la autoridad docente. Significa recolocar el centro: recordar que la disciplina debe servir a la enseñanza y no sustituirla.

Tal vez el profesor Jirafales nunca fue solo un personaje cómico. Tal vez era una representación cultural de una forma de ejercer la docencia que sigue vigente. Si queremos formar maestros capaces de enseñar, y no solo de sostener rituales, necesitamos atrevernos a mirar críticamente nuestras propias prácticas.

Porque mientras confundamos autoridad con actuación y disciplina con pedagogía, seguiremos teniendo aulas ordenadas… pero no necesariamente aulas que aprendan.

*Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Valle de México. Docente de la Escuela Normal Superior plantel Obregón. Correo: [email protected]