El manejo del agua en Hermosillo ha alcanzado un nivel de cinismo institucional que raya en lo inmisericorde. Mientras miles de familias en las colonias populares abren la llave para recibir solo aire, el crecimiento industrial y empresarial avanza sin contratiempos, cobijados en un suministro preferencial.

A la clase política parece importarle muy poco la preservación y el crecimiento armónico de la ciudad; su prioridad ha sido blindar el éxito de unos cuantos consorcios, dejando que la población pague las facturas de la escasez y de la sequía moral de sus gobernantes.

Parece increíble que hayan pasado más de 26 años desde aquel encontronazo entre el gobernador del PRI, Armando López Nogales, con su propuesta de construir una desaladora en Bahía de Kino, para llevar agua a Hermosillo, y Francisco Búrquez, el entonces alcalde panista de la capital sonorense, quien aseguraba que la ciudad no necesitaba que trajeran agua del mar por estar asentada sobre abundantes mantos acuíferos que no se estaban administrando eficientemente.

El resultado ya lo conocemos. No hubo desaladora; Búrquez logró que la administración, operación y control del organismo operador pasara al Ayuntamiento de Hermosillo; y la ciudad sigue sin una solución definitiva que la dote del elemento. Con el tiempo comprenderíamos que aquí perdimos todos.

La exalcaldesa María Dolores del Río tuvo que obligar a Hermosillo a mirarse al espejo: “Somos una comunidad viviendo en el desierto y el agua es finita”. Al institucionalizar los tandeos obligatorios, Del Río no solo gestionó la crisis con honestidad comunicativa, sino que transformó la infraestructura de los hogares imponiendo la cultura del tinaco como el primer requisito de urbanización.

Sin embargo, ese despertar ciudadano fue traicionado de inmediato por la incongruencia financiera y la opacidad de las administraciones siguientes.

Ernesto Gándara generó expectativas de una solución de fondo que muy pronto se desinflaron y terminaron diluidas en la burocracia y en planes que no vimos. Luego, se agudizó la perversa fractura entre los llamados “técnicos” y “políticos” dentro de Agua de Hermosillo; un falso debate utilizado como escudo para justificar por qué los recursos millonarios se esfumaban, mientras la red interna seguía colapsando.

Según los datos reconocidos por las propias autoridades que administran el agua en Hermosillo, la ciudad pierde entre el 45 y el 50 por ciento del líquido por las fugas, lo que la ubica en el tercer lugar nacional de los reportes ciudadanos, acumulando el récord nacional de 255 mil 826 fugas registradas en los últimos cinco años. De acuerdo con la Conagua, en México, el estándar de ineficiencia reconocido oscila entre el 40 y el 46 por ciento.

Hermosillo no sufre solo por la falta de lluvias; padece por una gerencia hídrica injusta que prioriza el agua de primer uso para la industria mientras raciona la de sus habitantes. Urge despolitizar el agua, recuperar la transparencia institucional y castigar la incongruencia financiera de quienes ven en el desabasto, un simple costo político que se puede administrar con pipas y discursos.