“No hay mayor motivo para un ánimo de psicosis, hay que tener los cuidados normales que se tienen en cualquier otra ciudad”, dijoAlfonso Durazoayer enPuerto Peñascosobre el asesinato de un hombre a la salida del templo justo después de contraer matrimonio.
Con esa ligereza, el gobernador llamó a los ciudadanos a que no teman por sus vidas, a que se cuiden como, a su entender, harían en otros sitios del país: nada extraordinario, argumenta, pues la violencia, dice sin decir, no es privativa deSonoray hay que aprender a vivir bajo su yugo.
A través de estas palabras, el gobernador renuncia a lo que la ley le obliga: brindar seguridad a sus gobernados, procurar un estado de derecho y un entorno sano.
Sus dichos son verdaderamente graves, pues claudica en su obligación; prefiere esconderse en la retórica y pretende administrar laviolencia, no combatirla.
Haría bien Durazo en comprender que no es quién para intentar dirigir las sensaciones populares, ni para minimizar aquello que lacera a una sociedad cansada del dominio del crimen organizado.
Y al mismo tiempo su obligación está en actuar realmente, en asumir los galones que Sonora le exige, como antes lo hizo el país entero mediante su gris gestión como secretario deSeguridad Pública.
La falsa política de abrazos no balazos, promovida por laCuarta Transformaciónque él integra, ya no es la salida fácil que sugieren desde el púlpito presidencial; la situación local es tal que ya no es que los criminales disputen la plaza, sino que la han fragmentado y poseen los retazos.
Los cárteles son despiadados, como lobos en jauría huelen la impunidad y la debilidad que el estado emana, aprovechándose de ella para imponer la ley del Talión a pura bala, con mayor sadismo y desparpajo.
Asesinan frente a una iglesia, en las afueras de las escuelas, a escasos metros de las autoridades, matan de a uno, matan por racimos.
Hoy por hoy parece que el gobierno estatal ve más viable que la ciudadanía claudique como lo han hecho ellos frente al poder criminal, con la vacua esperanza de que, por algún giro inesperado del destino, la cosa cambie.
El desamparo es cruel.
@cmtovar