La escuela enseña a pasar exámenes; la vida exige resolver problemas.

Hace unos días escuché a un empresario decir algo que debería estremecer a cualquier sistema educativo: “Recibo decenas de currículums de jóvenes con títulos universitarios, pero muy pocos saben resolver un problema real.”

La frase no era un ataque contra los jóvenes. Era una crítica al sistema que los formó.

Durante décadas hemos medido el éxito educativo por indicadores relativamente sencillos: cuántos alumnos ingresan, cuántos terminan la secundaria, cuántos obtienen un título universitario o cuántos aprueban una evaluación estandarizada. Sin embargo, muy pocas veces nos hacemos la pregunta verdaderamente importante:

¿Estamos preparando a nuestros jóvenes para vivir o únicamente para aprobar?

Porque aprobar un examen no significa necesariamente comprender; obtener un título no garantiza encontrar empleo; memorizar información no implica desarrollar criterio. Y esa distancia entre la escuela y la vida se ha convertido en uno de los mayores desafíos de México y de América Latina.

La paradoja del profesionista desempleado

México nunca había tenido tantos universitarios como ahora. El acceso a la educación superior ha crecido de manera sostenida durante las últimas décadas. En principio, eso debería traducirse en una sociedad más productiva y con mejores salarios.

Pero la realidad cuenta otra historia.

Datos del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) muestran que miles de jóvenes egresan cada año de carreras cuya demanda laboral crece mucho más lentamente que la cantidad de estudiantes que las cursan. Administración, Derecho, Contaduría y Psicología siguen concentrando buena parte de la matrícula nacional, mientras sectores estratégicos como ciencia de datos, inteligencia artificial, ingeniería especializada, automatización, matemáticas aplicadas y tecnologías digitales continúan con un déficit de profesionales.

El resultado es evidente.

La OCDE estima que cerca del 46 por ciento de los profesionistas mexicanos trabaja en puestos que requieren un nivel educativo inferior al que poseen, uno de los índices de sobrecalificación más altos entre los países miembros del organismo.

Es decir, casi uno de cada dos universitarios termina desempeñando actividades para las cuales no necesitaba estudiar una licenciatura.

No es que sobre educación.

Lo que falta es pertinencia.

América Latina: más títulos, menos oportunidades

Lo que ocurre en México no es un caso aislado.

La CEPAL y la OIT han advertido que América Latina enfrenta una paradoja preocupante: la región logró ampliar significativamente el acceso a la educación, pero ese avance no fue acompañado por una transformación económica capaz de absorber a los nuevos profesionistas.

Millones de jóvenes son la primera generación universitaria de sus familias. Sin embargo, al graduarse descubren que el mercado laboral exige habilidades distintas de las que aprendieron en las aulas.

Las empresas ya no buscan únicamente conocimientos técnicos.

Buscan personas capaces de resolver problemas, trabajar en equipo, comunicarse con claridad, aprender de forma permanente, utilizar inteligencia artificial, analizar datos, adaptarse al cambio y tomar decisiones.

Paradójicamente, son competencias que pocas veces aparecen en una boleta de calificaciones.

La escuela del siglo XX para un mundo del siglo XXI

Mientras el mundo cambia a una velocidad sin precedentes, buena parte de nuestros modelos educativos continúa funcionando con la misma lógica de hace varias décadas.

Seguimos premiando la memoria por encima del pensamiento crítico.

Seguimos enseñando respuestas cuando el futuro exige aprender a formular preguntas.

Seguimos evaluando conocimientos que una inteligencia artificial puede responder en segundos, mientras dedicamos muy poco tiempo a enseñar aquello que ninguna máquina puede reemplazar: creatividad, ética, liderazgo, empatía, juicio, innovación y capacidad para aprender durante toda la vida.

El Foro Económico Mundial ha señalado que una proporción importante de los empleos que ocuparán los jóvenes dentro de diez años aún no existe.

Entonces surge una pregunta inevitable:

¿Por qué seguimos preparando estudiantes para trabajos del pasado?

El problema no son los jóvenes

Con frecuencia escuchamos que “los jóvenes ya no quieren trabajar”, “no leen”, “no tienen compromiso” o “carecen de disciplina”.

Es una explicación cómoda.

Pero profundamente injusta.

La mayoría simplemente está intentando encontrar su lugar dentro de un mundo completamente distinto al que conocieron sus padres.

La inteligencia artificial modifica profesiones enteras.

La automatización sustituye tareas repetitivas.

Los cambios tecnológicos ocurren cada pocos meses.

Las carreras universitarias tardan cuatro o cinco años en actualizar un plan de estudios.

Cuando el alumno recibe su título, parte de lo aprendido ya quedó rebasado.

El problema no es la juventud.

Es la velocidad con la que cambia el mundo frente a la lentitud con la que cambia la educación.

La educación no puede cambiar cada seis años

Existe, además, un problema aún más profundo.

En México, prácticamente cada administración considera necesario modificar los planes educativos, los libros de texto, los contenidos, los métodos de evaluación o las prioridades del sistema escolar.

Cada gobierno intenta dejar su sello.

Pero la educación no puede depender del calendario electoral.

Un niño que inicia hoy la primaria terminará su formación profesional dentro de aproximadamente veinte años.

¿Cómo puede construirse un proyecto educativo serio si cambia de rumbo cada seis años?

Ninguna empresa modificaría completamente su estrategia cuatro veces durante la formación de un solo empleado.

Ningún médico cambiaría un tratamiento cada pocas semanas solo porque cambió el director del hospital.

Entonces, ¿por qué aceptamos que la educación funcione así?

Las naciones que hoy lideran los indicadores educativos entendieron hace tiempo que la educación debe convertirse en una política de Estado, no en una política de gobierno.

Finlandia, Estonia, Singapur o Corea del Sur mantienen objetivos nacionales de largo plazo que sobreviven a los cambios políticos. Los gobiernos administran el sistema; no reinventan sus fundamentos en cada periodo.

México necesita avanzar hacia un modelo semejante.

Sería deseable contar con un Consejo Nacional de Educación verdaderamente autónomo, integrado por maestros, universidades, investigadores, empresarios, organizaciones civiles y especialistas, con la responsabilidad de definir un proyecto educativo para los próximos veinte o treinta años, blindado de intereses partidistas.

La educación no debería pertenecer a ningún partido.

Debería pertenecer al futuro del país.

Educar para vivir

Quizá sea momento de cambiar la pregunta. No preguntarnos únicamente cuántos alumnos aprueban matemáticas. Sino cuántos saben administrar su dinero.

No sólo cuántos obtienen un certificado de inglés. Sino cuántos pueden trabajar con personas de cualquier parte del mundo.

No sólo cuántos memorizan conceptos. Sino cuántos desarrollan criterio para distinguir entre información, propaganda y desinformación.

No sólo cuántos consiguen un empleo. Sino cuántos son capaces de crear uno.

Porque al final, la verdadera misión de la educación nunca fue llenar cuadernos. Fue formar ciudadanos libres, responsables, críticos, innovadores y capaces de construir una vida digna.

Hoy el desafío ya no consiste únicamente en enseñar más.

Consiste en enseñar mejor.

Porque un país puede presumir millones de títulos universitarios y, aun así, tener generaciones enteras sobreviviendo en empleos para los que nunca necesitaron estudiar.

Y ese no es el fracaso de los jóvenes.

Es el fracaso de un sistema que confundió aprobar con aprender.

Ha llegado el momento de corregir el rumbo. La escuela debe dejar de preparar alumnos para el siguiente examen y comenzar a preparar ciudadanos para los siguientes cincuenta años. Porque la educación no debería tener como meta entregar diplomas. Su verdadero propósito es entregar personas capaces de vivir con libertad, dignidad, conocimiento y esperanza en un mundo que cambia todos los días.