Ciudad de México.- Septiembre suele marcar uno de los periodos de mayor actividad ciclónica que enfrenta México debido a la combinación de océanos muy cálidos, abundante humedad y condiciones atmosféricas que favorecen la formación y fortalecimiento de ciclones tropicales.

Una de las razones principales se encuentra en la temperatura del mar. Para que un ciclón tropical pueda desarrollarse, necesita aguas suficientemente cálidas; la Conagua señala que la formación se ve favorecida cuando la superficie oceánica supera los 26 °C.

El agua caliente proporciona energía y humedad al sistema, elementos que ayudan a mantener las tormentas eléctricas que forman parte de la estructura de un ciclón.

Durante el verano, los océanos han acumulado calor durante varias semanas. Por ello, aunque la mayor radiación solar ocurre alrededor de junio, el mar alcanza sus temperaturas más elevadas después, lo que contribuye a que la actividad ciclónica aumente hacia agosto y septiembre.

El National Hurricane Center (NOAA) explica que este desfase entre la radiación solar y el calentamiento del océano es una de las razones por las que el máximo de actividad no ocurre al comienzo del verano.

¿Qué favorece a los ciclones?

Otro factor importante es la cizalladura vertical del viento, es decir, los cambios en velocidad o dirección de los vientos conforme aumenta la altura.

Cuando esta condición es fuerte, puede inclinar y desorganizar la estructura de un ciclón, dificultando que se fortalezca. Hacia finales del verano, determinadas zonas tropicales suelen presentar una cizalladura menor, permitiendo que las tormentas mantengan mejor su circulación.

El NOAA identifica precisamente la combinación entre aguas cálidas y menor cizalladura como una de las razones del máximo ciclónico de septiembre en el Atlántico.

México, entre dos zonas de actividad

La ubicación geográfica de México también explica por qué septiembre representa un periodo de atención. El país tiene costas tanto en el Pacífico como en el Atlántico, además del Golfo de México y el Caribe.

En el Pacífico Nororiental, la actividad ciclónica alcanza su máximo entre finales de agosto y principios de septiembre, mientras que en el Atlántico el pico climatológico ocurre alrededor del 10 de septiembre.

Esto significa que durante septiembre pueden coincidir condiciones favorables en ambas cuencas, aumentando las posibilidades de que algún sistema tenga efectos sobre territorio mexicano.

El Centro Nacional de Prevención de Desastres también señala que septiembre y octubre concentran una mayor actividad de ciclones tropicales en México. Para la segunda mitad de septiembre se han documentado numerosos impactos tanto en las costas del Pacífico como en las del Atlántico.

No todos los ciclones llegan a tierra

Que septiembre sea un mes de gran actividad no significa que todos los sistemas tropicales vayan a tocar tierra en México. Muchos ciclones se forman sobre el océano y permanecen alejados de las costas.

Sin embargo, incluso aquellos que no ingresan directamente al territorio pueden generar efectos indirectos, como lluvias abundantes, oleaje elevado, viento fuerte o humedad que alimenta precipitaciones sobre diferentes regiones.

En el caso del Atlántico, por ejemplo, algunos sistemas pueden desplazarse desde las cercanías de África hacia el Caribe y posteriormente acercarse al Golfo de México. Conagua ha documentado que los ciclones originados en la región de Cabo Verde pueden atravesar el Atlántico y el Caribe antes de alcanzar las costas orientales mexicanas.

No acaba el peligro tras septiembre

Aunque septiembre representa uno de los puntos máximos de la temporada, octubre todavía puede registrar actividad importante. De hecho, Conagua reportó que entre 1971 y 2020 octubre concentró 69 sistemas, equivalentes al 25.6 por ciento de los registrados en ese periodo.

Además, durante septiembre y octubre comienza la transición del verano hacia el otoño, por lo que pueden aparecer masas de aire frío y frentes que interactúan con los ciclones tropicales. Estas interacciones pueden modificar la trayectoria de algunos sistemas y favorecer lluvias prolongadas sobre determinadas zonas.

Por ello, septiembre no debe entenderse únicamente como el mes con mayor posibilidad de formación de huracanes, sino como una etapa en la que coinciden varios factores oceánicos y atmosféricos que pueden favorecer una mayor actividad tropical.

Fuente: Tribuna del Yaqui