Ciudad de México.- Los primeros acordes del largometraje Michael son suficientes para que los asistentes a la sala de cine empiecen a mover los pies. ‘El Rey del Pop’, ese que escribió con letras de oro su nombre en la historia de la música, ha trascendido generaciones y, a casi dos décadas de su muerte, la gente reconoce su talento y lo admira.
Michael no es solo una película: es un reencuentro. Es ese instante en el que las luces se apagan y, sin darte cuenta, vuelves a ser quien eras la primera vez que lo escuchaste. Para los niños de los setenta, fue el primer contacto con la genialidad musical; sus pasos de baile, un referente e inspiración para toda una generación que creó el breakdance como forma de expresión, promoviendo la paz entre pandillas, y que incluso fueron protagonistas en uno de sus videos más icónicos, Beat It.
Porque Michael no fue solo un artista; fue una emoción compartida, un asombro colectivo. Fue la prueba de que alguien podía tocar el cielo desde los diez años y que, con solo abrir la boca, los acordes que salían de ese artista lo proyectaban para convertirse en leyenda. En Motown no se equivocaron al brindarle la oportunidad a los Jackson 5, aunque, de entre todo ese talento, el niño era muy superior a todo lo que se había visto antes.
Magistralmente contada entre música y momentos importantes en la vida del ‘Rey del Pop’, la película muestra la madurez de un artista infantil que, en la edad adulta, confirmó que no había nadie como Michael.
Es en medio de esa historia, que se va como agua entre los dedos a lo largo de dos horas, donde sobresale Jaafar Jackson. No intenta ser su tío, no lo copia: lo recuerda. Y en ese intento, en esa entrega, ocurre lo inesperado.

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Por momentos, duele, y no es extraño ver caer una lágrima por la mejilla de alguno de los asistentes en la sala. Porque no estás viendo a un actor: estás recordando. Cada gesto, cada giro, cada pausa… se sienten como un eco que nunca se fue. Como si Michael, de alguna forma, hubiera encontrado otra manera de quedarse.
Para muchos de sus millones de fans, sin importar la época, todo empezó con Thriller. Ese primer latido, ese descubrimiento que rompió idiomas y fronteras. Éramos niños y no entendíamos del todo lo que escuchábamos, pero lo sentíamos. Y eso bastaba. Michael llegó cuando no sabíamos que lo necesitábamos y se quedó cuando ya no supimos cómo soltarlo. Esta película biográfica remueve esos sentimientos que teníamos al escuchar, en la consola de la casa, el disco más vendido de la historia.
En tiempos donde las biografías se consumen y se olvidan, Michael se atreve a hacer algo más difícil: hacerte sentir. No busca respuestas fáciles ni redenciones cómodas; se adentra en la luz de alguien que dio todo a su música, a su arte.
Durante 120 minutos, las luces, los escenarios y la música… todo vibra como si el espectáculo nunca hubiera terminado. Pero es en los silencios donde la película encuentra su verdad.
Salir del cine después de ver Michael no es salir igual. Algo se queda contigo: una canción, una imagen, un nudo en la garganta y esa necesidad imperiosa de intentar, una vez más, hacer el moonwalk.
Y entonces lo entiendes: no importa cuánto tiempo pase. Hay artistas que no se van. Solo aprenden a quedarse de otra forma.
Fuente: Tribuna del Yaqui
